El turrero

Siento no escribir mucho estos días pero es que estoy volcando todo el blog y pasándolo a formato libro para que se pueda bajar y leer más cómodamente en ebook, móvil o pc. Como no tengo ni idea de cómo hacerlo por el camino más fácil, lo he hecho por el más difícil y lo he convertido todo en un txt que estoy maquetando a trozos en Indesign. En general, voy bien, pero en particular no tanto, porque resulta que soy un brasas y que soltando todo a cascoporro me salen como mil y pico páginas. Era de esperar, considerando que no callo ni debajo del agua. Así que estar ahora ordenándome a mí mismo por trozos y fechas (porque aquello se ha soltado en plan halavenga y están todos los post mezclados) está siendo casi una cuestión de karma. Por ser un turras, de aquellos barros, me vienen estos lodos. Hoy me he tirado casi toda la mañana y no he llegado aún ni al meridiano. Será un milagro si no salgo de esta aventura con una embolia cerebral aguda por sobredosis de mí mismo.  Así que… he visto West Side Story, y Venom, y el desfile de las Fuerzas Armadas. Pero casi mejor que no lo cuento aún para no tener que maquetarlo también en el cascoporro y que esto se termine convirtiendo en el velo de Penélope. Un día. Dos a lo sumo y vuelvo. Y además… creo que me voy a La Antártida en unas semanas, porque es mi aniversario. Y digo creo porque lo único seguro es que no hay nada seguro, y de la misma forma podríamos terminar celebrándolo en Laponia. Lo único que tengo claro es que Jon es incapaz de regalarme flores y bombones como todo hijo de vecino. Él, si no me criogeniza, no es feliz.

Tribus de admisión libre

Me estoy haciendo un lío diciendo que la fiesta de cumpleaños es el sábado y es el viernes. Y aunque hemos repartido invitaciones, verás tú como a base de soltarlo por esta boquita que alguien debería graparme convenientemente, va a llegar el viernes, vamos a montar el sarao y no va a venir ni un astronauta porque estarán todos convencidos de haberme oído decir en algún momento que ERA EL PUTO SÁBADO. No sé por qué me pasa esto de los encasquillamientos cerebrales. Me atasco en algo y no hay manera. A Jon le dio por decirme que el mes que viene era nuestro octavo aniversario para hacer el chiste de que los primeros tres meses también contaban y ahora ya se me ha quedado la neurona ahí momificada. Por todas partes voy diciendo que es el octavo, que es el octavo, que es el octavo, y ayer mi suegra dijo “coño, yo cuento siete…” Pues claro que cuenta siete. Porque son siete. Nos casamos el 11 del 11 del 11. Como para olvidarme de la fecha. Ya me la recuerda el sorteo de la ONCE todos los años.

Ayer recogimos el regalo de María. Es un scalextric. Bueno… en realidad es EL SCALEXTRIC ENTRE LOS SCALEXTRIC, porque es inalámbrico, los coches llevan luces para correr de noche, y le hemos comprado unas extensiones de pista de flipar. Los padres del cole nos preguntan qué le regalamos a la niña para saber si pueden complementar sus regalos de alguna forma y cuando decimos que un scalextric nos miran un poco raro. Con una extraña mezcla de estupor y compasión. Como si primero pensaran “¡coño! ¿¿un scalextric??” y luego razonaran “ah, claro, que es para María…” Por mucho que queramos a María (y mira que la queremos) no se nos caen los anillos al reconocer que probablemente sea la niña diminuta mas bruta de toda Educación Infantil. Y lo de “diminuta” es importante, ojo, porque cuando la ves, tan chiquitita, tan menudita, con esos ojitos de china y esas pecas en la nariz piensas “ooooooooyyyyyyy… qué cositaaaaaa…” hasta que perdido en su cuquez bajas la guardia, y para cuando has terminado de pronunciar la última a, ya te ha volado el flequillo con una de sus demostraciones de taekwondo o has visto pasar toda tu vida justo en el instante en el que has estado a punto de morir de un pulpazo volador accidental.

María es así y así la aceptamos. Porque mira, aquí en la tribu aceptamos de tó, que para eso estamos. Igual que aceptamos un niño walpurgis obsesionado con la próxima glaciación o un niño sordo que quiere ser la próxima promesa del rock&roll. Y si a María le apasionan los coches y los astronautas, pues hala. Pues venga coches y astronautas. Eso sí… el día que amanezca un desayuno y resulte que le apasionan las Bombas H o el destripamiento artesanal de padres vascos y chicos con pelánganos ya… igual nos sentamos a debatirlo un poco.

Igual.

Saltos, Palomas e hipotálamos

Ya hace fresco por las mañanas. Ya se me quejan los dedos de los pies descalzos por el pasillo y ya se me erizan las tetillas desde el algodón de las camisetas. Pero tengo estos días el termostato estropeado por culpa del hipotálamo (again) y mi vida es una sucesión de ay qué frío/ay qué calor. Paso de tiritar a sudar como un pollo en cuestión de segundos y me convierto en un compañero de cama muy divertido con el “colcha para arriba / colcha para abajo”. Eso sumado a que también se me han jodido los niveles de melatonina y puedo llegar a despertarme hasta cinco veces por noche. De momento Jon tiene paciencia. No le queda otra al pobre. Le he dicho que no me importa irme a dormir al sofá hasta que la cosa se me vuelva a regular, pero me ha respondido que los cojones. Que esto es un “en lo bueno y en lo malo” y que la cama es de los dos. Pues nada. Bienvenido a lo malo, espartano. La endocrina me ha mandado unas pastillas con forma de obús (que valen un cojón de mono calvo) para intentar regular lo del sueño. Las probé el sábado y dormí el domingo hasta las 22:45h. Con frío-calor-calor-frío, pero dormí. Así que mira… por lo menos seré un chungohipotalámico descansadito. Hasta que me saquen toda la analítica hormonal y me ajusten el resto, intentaré sobrevivir a base de ir por ahí en anorak y chancletas. 

Ayer tuvimos a Paloma, la de los reflejos rojos en el pelo, comiendo en casa. Intentamos ser formalitos y no avergonzar a Pedro. Nos salió así-así, pero bueno, al menos no la asustamos demasiado. Creo que Pedro está más colgado de ella que un babuino. La chica parece muy buena persona, pero le noto algo. Quizá un asperger muy, muy leve. Desde luego no al nivel de Pedro, pero algo hay en su cabeza pelirroja. ¿Fobia social? si es así, nadie va a respetarla más que yo. Parece cómoda con Pedro y Pedro parece cómodo con ella. Ya lo ves. Puedes ser el humano más multiforme del mundo, que siempre habrá otro más multiforme que tú, dispuesto a adaptarse a tu espacio. En realidad, lo único jodido del asunto es cruzarte con él en esta vida.  

El sábado salté en paracaídas por segunda vez con los hermanos Zeta y con una novia recién llegada al clan, que (creo) todavía no sabe muy bien dónde se ha metido. Como aquel ya era mi segundo salto, todo el mundo estuvo muy pendiente de la chica novata (que del puro miedo que llevaba vomitó nada más pisar tierra aún con su monitor enganchado, la pobre) y a mí me dejaron bastante en paz, así que pude disfrutar de mi terror yo solito conmigo, como un campeón. Esta vez no abrí los ojos cuando Jon me descolgó desde la portezuela antes de saltar. De hecho, ni siquiera los abrí antes, mientras avanzábamos hacia ella. Según despegaba el avión y empezaba el puto ruido infernal, le dije a Jon “hazte a la idea que desde ahora llevas en el arnés un bebé gigante” y él sonrío con sus dientes blanquísimos y dijo “¿y no es así?” En condiciones normales le hubiera trincado los huevos y le habría hecho un raca-ñaca, pero en esos momentos de pánico-avión a lo máximo que llegué fue a esbozar una sonrisa criogenizada de Martin Landau y a soltar un sonidito gutural tipo gulg gulg gulg que venía a querer expresar un “ya rendiremos cuentas abajo, mamón”.

Luego no lo hice, claro. No puedo enfadarme con Jon cuando hace cosas bonitas, como sonreír con dientes blancos y no dejarme estampar contra el suelo desde 4.000 metros de altura. 

Una semana y nos invaden

He cambiado el sistema operativo del mac y ahora lo veo todo como desde el fondo de un pozo. Muy gótico. Muy acorde con mi futuro en esta maravillosa empresa. Acabo de tener una reunión (otra vez) con mi jefe para lo de la revisión salarial (otra vez). Me ha dado buenas palabras, así que tengo muy pocas esperanzas al respecto. Pero bueno… como he dicho antes por ahí, si no consigo las cosas por justicia, al menos intentaré conseguirlas por pesadito. Hoy me había traído botas. Es mi segundo gesto-otoño. El primero ha sido poner las colchas en todas las camas, incluida la horrorosa de mariposas que nos regaló mi suegra para la nuestra. Jon abre mucho los ojos cuando ve la colcha de las mariposas. Dice “Se vé que no había otra más gay.” Pero como estamos en mitad del puto monte, en seguida viene el rascayú, así que, para dos semanas cochinas… nos quedamos con nuestras mariposas puestas de ácido. Esta mañana, cuando he ido a despertar a María, me la he encontrado tirada encima de los dos perros, que a su vez estaban tirados encima de la colcha, que a su vez estaba tirada encima del santo suelo. En nuestra tribu el otoño está muy ligado a la anarquía perruna. Todos los veranos los dispensamos de dormir en las casetas porque son de pvc y allí dentro hace un calor de pelotas, así que cuando llegan los primero fríos están ya enviciados de dormir con su minireina y señora, y hay que andar bajándolos del cuarto de María al patio, hasta cinco o seis veces por noche.

Hasta cinco o seis veces, o hasta que Jon se cabrea, les pega un berrido, y los pone firmes en un chimpún. Que también.

27 astronautas para nuestra fiesta del viernes. Tenemos ya todo listo y solo falta lo mejor, que es montarlo (igual que luego faltará lo peor que es desmontarlo). Se nos ha ido un poco la olla y vamos a transformar el 70% de nuestra casa en meganave espacial con terrorífico Alien para cazar incorporado, pero todavía no hemos entrado en pánico, porque lo racionalizamos pensando que así ensayamos para cuando llegue Halloween, y la transformemos en cementerio con terrorífico vampiro para cazar incorporado.

No, no. No estamos locos. Que sabemos lo que queremos.

Voy por orden (sin concierto)

Jon tuvo anteanoche un visitante de dormitorio. ¿Sabes qué es un visitante de dormitorio? un espectro que se te aparece entre el sueño y la vigilia a los pies de tu cama, para mirarte mientras duermes (o despiertas). A Iker Jiménez le gustan mucho. Creo que les dedicó una vez una sección de su frikiprograma. Por supuesto, obviando el origen neurológico real, y achacándolo todo a un hecho de fantasmismo sobrenatural e inexplicable. Iker es así. Mitad se lo cree todo, mitad necesita que tú te lo creas porque si no, no ganaría un puto duro el pobre. La cruda realidad es que los visitantes de dormitorio no son más que alucinaciones visuales que nuestro cerebro nos regala en el estado hipnótico entre el sueño y la vigilia. Suelen estar causados por la basurilla de nuestra psique (stress, preocupaciones, obsesiones, falta de descanso…) y no tienen ni 15 gramos de hecho sobrenatural. Por eso desparecen en cuanto parpadeas dos veces y por eso, precisamente, se llaman “de dormitorio.” Lo malo del asunto es que en vez de tenerlo yo, lo tuvo Jon. Porque de haberlo tenido yo, la cosa se hubiera saldado con un AHIVADIÓS, un par de volatines, una escapada de corazón por la boca y un triple mortal contra el armario, pero al tratarse de él, la reacción ante el susto no fue la misma. Él abrió los ojos, vio a un tío con lo que parecían dos niños mirándole al pie de la cama y lo que pensó no fue “fantasmas” sino “intrusos”. Y lo que pensó no fue “joder qué miedo” sino “te vas a cagar”. Así que directamente y en un nanosegundo (pero nanosegundo de cronómetro) se levantó como un resorte, cogió el bate de baseball que tienen en el rincón de la pared y empezó a gritos por la habitación HIJODEPUTA-TUPUTAMADRE-VENAQUÍ-VENAQUÍ, mientras yo procedía a la reacción consecuente de ahivadiós-volatines-corazón por boca-triple mortal contra el armario, con lo cual… al final no nos libramos ninguno de los dos. Veinte minutos después, todavía estábamos ambos recorriendo toda la casa en calzoncillos. Él blandiendo el bate con ojos de cacería y yo detrás diciendo “que no hay nadie, Jon… que ha sido una alucinación hipnagónica… hipganópiga… hipna… que ha sido una alucinación.”

No me quejo demasiado. En realidad doy gracias a Belcebú por seguir vivo escribiendo esto sin ningún traumatismo craneoencefálico que lamentar. No obstante, lo único más arriesgado que despertar de una pesadilla a un hombre enfurecido, es despertar de una pesadilla a un hombre enfurecido de 100 kg. y agarrado a un bate de baseball.