El niño inmortal

La casa está llena de cajas empaquetadas de colores, con mi nombre. No me dejan agitarlas porque pueden tener dentro cosas que se rompan. Nunca he podido evitar lo de agitar las cajas de regalo. Es el niño inmortal que habita en mí. Uff… y tan inmortal ¿eh? Ayer me perdí con el coche por escuchar música demasiado alta. Me vine arriba y se me pasó mi desvío. Intenté ponerme el maps con una mano mientras conducía con la otra, pero casi podía imaginarme a Jon en el asiento de detrás mirándome con ojos feroces y diciendo suelta-ese-móvil, así que me metí por una vía de servicio y detuve el coche en el primer sitio tranqui que encontré. Resultó ser una calle vacía de dos direcciones con una fantástica cuesta abajo. Me brillaron los ojos. Saqué el patinete del maletero, cerré el coche y enfilé la cuesta con las dos ruedas. Sentí la velocidad en las orejas. Hice un derrape en el remonte final y como no calculé el fin de acera, tuve que saltar el marcha y dejar mi patinete al patapumba. Sobrevivió. Luego me tocó subir cuesta arriba arrastrándolo (los niños inmortales tampoco son muy listos) pero aún así mereció la pena. Llegué a casa casi media hora tarde. Jon ya estaba esperándome en la puerta del garaje. «¿Qué ha pasado?» «Que me perdí.»

Luego leerá este post y pensará «voy a quemarte ese patinete, Ari.»

El domingo abriré todos mis regalos sin agitar. He contado siete. Son un montón, UN MONTÓN de regalos. Uno de ellos es «una barbaridad». No sé cuá. Ni se por qué. Pero eso me han dicho. También haremos una barbacoa de gambones y comeremos tarta helada. Y soplaré treinta velas.

En el diario de mis doce años, hay una frase escrita con bolígrafo verde que dice «no voy a llegar a mayor, sé que me moriré antes.»

El niño inmortal que habita en mí nunca fue demasiado bueno vaticinando.

Contrapesos

Te dije que por María no me preocupaba ¿te acuerdas? que ella era sociable, que se adaptaría… Un mes ha tardado en hacerse con la urba. Hoy han venido seis niños a cenar. Ayer jugaban otros cuatro en nuestro jardín. Ningún problema. ¿Ves? es como Jon. No se hace preguntas, no se plantea estrategias, no piensa. Solo ejecuta sobre la marcha. Y como proyecta en los demás una seguridad pasmosa, pues… se le arriman como las polillas a la luz. Es completamente distinta a mí. No sé si al final buscamos el calor de personas antagónicas a nososotros mismos. Supongo que sí. Haber acabado con un tipo igual que yo, hubiera sido terrible. Los dos metidos en nuestra cueva, huyendo del sol. Necesito a Jon y su don social. Igual que María necesitará a su antagónico cada vez que necesite profudizar de corazón hacia dentro. Si lo piensas bien es bonito, porque significa que todos en el mundo tenemos por ahí a nuestro contrapeso. El único reto es encontrarlo.

Pedro. Pedro es el otro lado. Sigue dejándose las gafas en mi habitación. A todas horas. Me las encuentro en todas partes. En la mesilla, en la silla, en la almohada, sobre el archivador. Para todas las posiciones tenía una explicación racional. «En la silla las encuentro más fácil cuando me ducho.» «En el archivador no hay peligro de que los cristales hagan efecto lupa y se queme la colcha.» «En la almohada no se aflojan las patillas porque la superficie es blanda.» Explicaciones perfectamente racionales y perfectamente absurdas para que unas gafas de casi 500€ andaran siempre de la ceca a la meca. Me olí algo raro y se lo dije a la terapeuta. Me dijo «es un motor de atención. Te está diciendo algo. Averigua qué quiere.» Hoy me he sentado con él en el jardín. No ha tardado ni diez minutos. «No viniste conmigo a mirar el eclipse.» «Lo siento, estaba trabajando.» «Llevas doce días sin venir a mirar el planetario.» «Es verdad. Lo siento. Es por el nuevo trabajo.» «Hace dieciséis días que no leemos Ready Player One.» «Cierto. Lo siento. Lo retomaremos la semana que viene.»

El 2019 está siendo como una caída al vacío. Necesito que septiembre lleve magia. O red de seguridad. ¿Tienes algún conjuro para mí?

Me voy a leer a Margaret Atwood. Resulta que escribe maravillosamente. ¿Ves? los grupos de lectura son para esto.

Eclipse

Esta noche hay eclipse. De luna llena. ¿Lo notas? Los ánimos están revueltos y la locura sale de la madriguera. La buena y la mala. No te tomes muy a pecho nada de lo que pase estos días. El calor, la luna llena, el apasionamiento absurdo… probablemente luego llegue el otoño a recordarnos que ni nosotros ni el mundo, es tan importante. Y lloverá, y vendrá el fresquete, y se hará oscuro, y todos nos calmaremos mucho. Volveremos a nuestros trabajos, a nuestros proyectos, a nuestros nidos…

No tengo ni la más mínima sensación de verano. Ni pizca. Pero este domingo cumplo TREINTA AÑOS así que es julio y es verano, y yo debería ir saltando por encima de tanta desubicación. Nos acordamos de cuando empezamos en esto ¿no? era 2005 y yo tenía 16 años. Mentía sobre mi edad, claro. Para protegerle, porque le quería y no podía meterle en problemas. Me contaron que gmail regalaba cuentas de correo (cuando gmail aún era exclusivo) si te abrías un blog en blogspot, así que todos nos lo abrimos, y te empecé a contar historias. Recuerdo la primera. Era una idiotez sobre tiburones y focas. No he parado de escribir desde entonces. Solo cuando enfermé y el mundo parecía que se me iba a caer a pedazos. Ya ves tú. Como si no se me hubiera estado ya cayendo a pedazos en aquellos 16. Acababa de morir mi padre, pero eso nadie lo sabía. Y todavía estaba en el piso tutelado con Teo, con Ramiro, con Federico… Luego conseguí el trabajo y me echaron de allí. Y me busqué la vida, y me enamoré de J., y J. me hizo un blog de color verde, y se cansó de mí (cosa fácil) y enfermé, y volví a escribir… Pero ya no contaba historias graciosas para hacer reír, sino simplemente los apuntes de mi día a día. Lo que comía, lo que vomitaba, lo que dolía, lo que no. Y salí (siempre salgo, aún me quedan cinco vidas de gato) y entonces vino Jon, y yo pensé «vale, el amor era esto en realidad» y la vida se volvió recta.

Cuando la vida se te vuelve recta…quédate con ese.

Tuiteaba hace un rato sobre las personas-red de trapecio. Llevo toda mi puta vida haciendo triples mortales. ¿Conoces la sensación? En el aire. Para estamparme, porque realmente, en ese momento tampoco te importa estamparte. Y de pronto resulta que te caes y alguien debajo te recoge. Y te levanta, y te sacude el polvo y te vuelve a poner en el camino. Y piensas «joder, ¿dónde coño estabas, que me has costado tanto, cabrón?»

Treinta años. JA. Fíjate. Jamás, JAMÁS, creí que llegaría ni a los 25.

Gracias, Jon. ¿Dónde coño estabas, que me has costado tanto?

Muescas

Jon me ha puesto entrenamiento para ver si cojo músculo y engordo. Pero la cosa va regulín, porque él me pone 10′ de cardio 5′ de intensidad musculación brazos, 5′ de intensidad musculación piernas, 10′ de abdominales… Y yo acabo haciendo 30′ subido a la bicicleta estática con los auriculares puestos y cantando rancheras a todo trapo. Se me va la olla. Toda una novedad. Al rato baja, me quita los auriculares y me dice «¿pero todavía estás así? ¡que ya está la cena!» y yo me subo a zamparme lo que sea, con una paliza de cardio que lo único que consigue es que queme calorías y adelgace aún más. Exito absoluto. No sé qué necesitaría . Un entrenador detrás de mi cogote diciéndome VAMOSVAMOSVAMOS en plan militar. O sea, como Jon, pero tomándomelo en serio.

La verdad es que voy fatal. No me atrevo a pesarme pero calculo que ya estaré cerca de los 15 kilos perdidos desde el invierno. Se me caen los bañadores. Ya no me tiro de cabeza porque temo caer con los huevos sujetos y salir con ellos libres. Así que uso la escalerilla como los abuelicos y las señoras bien peinadas. Aún así me lo paso bien con María. Pedro y Simo ya están en fase de ponerse tontos con las niñas presentes y no desparraman tanto, pero María y yo somos la Resistencia. Nos tiramos en bomba, hacemos concurso de volteretas, jugamos a Marco Polo…Echaré mucho de menos cuando sea mayor y todo lo divertido empiece a dejar de tener importancia.

Las cosas en el trabajo van mejor porque estoy haciendo los cursos de formación y no tengo que escuchar el relinche perpetuo de mi compañera. El viernes se va de vacaciones y me ponen a otro chico para que me siga haciendo el training. He intentado disimular mi alegría cuando me lo ha dicho. No quiero raspar con ella. No sé por qué, pero a pesar de los KAKAKA JIACS y los OYEMARICÓN, le huelo algún tipo de vulnerabilidad. Como si estuviera rellena de algo que por dentro sufre (algo que por dentro sufre, el relleno universal). Aunque también puede ser que solo sea una chonarra sin más doblez que la del papelito del piti, y que yo me esté flipando por exceso de rancheras. Pues sí. Puede ser.

Jon me ha llevado a ver coches este fin de semana. Coches preciosos. Me senté en todos, delante y detrás, como el niño que recorre un parque de atracciones. También encendí unos cuantos navegadores y probé unas cuantas cámaras traseras para aparcamiento guiado. Eran una pasada. Mi coche no tiene nada de eso. En mi coche hay que meter cds de música y sujetar el móvil con los dientes si quieres que te hable el google maps. Pero funciona y me lleva a los sitios, así que cumple con su función de coche. Todavía está en la guantera la rosa amarilla de papel que me hizo J. aquella tarde perdidos por la Castellana. Es un coche con historia. Me gustan las cosas con historia. El otro día por hacer el gilipollas con el láser tag, tiré un espejo que había en el estante del baño, y el pico metálico descascarilló una muesca en el lavabo nuevo. Jon quiso recomponerlo de algún modo, pero yo le pedí que lo dejara tal cual. Me gusta la muesca en el lavabo. Me recordará siempre la primera partida de láser tag que hicimos en esta casa (por eso y porque me dejé los huesos del coxis en los escalones del sótano, claro…)

También me gustan las personas con muescas. Supongo que todos estamos hechos de nuestras heridas.

En fin…

Estoy cansado. O empiezo a tener demasiados pensamientos en la cabeza. La chica del KAKAKAKAJACK se ha tirado todo el día gritándome. No por enfado. No por algo personal. Solo porque se comunica así. A primera hora del día siempre pienso que es buena chica, que cada uno es como es, que no debo ser tan intransigente con la gente-ruido. Pero cuando estoy a media hora de la salida, en lo único que pienso es en emparedarla entre dos colchones. En sacar un lanzallamas y enchufarlo directamente en ese dedo huesudo de uña puntiaguda que me clava en el brazo cada cinco minutos para que la mire. En meterme el lápiz gráfico por la oreja y darle vueltas hasta que pueda dejar de oirla para siempre.

Al entrar el coche en el garaje, he golpeado la Harley de Jon y la he tumbado. No ha dicho nada. Solo ha puesto ojos de furia controlada. Esos que me dejan claro que solo estoy vivo porque me quiere. He ido a la cocina a por la galleta de coco que guardé de mi cena de anoche en lo alto del armario (la galleta, no la cena), y he descubierto que María también había aprendido a subir hasta allí. Me he comido las migas abandonadas en el lugar del crimen, aprentando sobre el plato con la yema del dedo índice mientras pensaba cuántos posibles escondites de «última galleta» me quedaban ya. ¿El tejado? ¿en la gomilla de los calzoncillos? ¿entre las telarañas de la chimenea? Se acerca mi cumpleaños. Creo que me grabaré autocantándome el «cumpleaños feliz» a mí mismo, como en aquel cumpleaños con los frailes, que soplé una cerilla sobre una magdalena. Se vaticinaba desde Enero que este no iba a ser un cumpleaños libre de colorantes y conservantes. Creo que tengo exceso de gente. Exceso de ruido. Exceso de gente haciendo ruido. Jon va a regalarme un viaje de dos. Lo sé porque confabula con su madre y ha empezado a encerrarse con la caja de los mapas. No sabe cuánto, cuánto, cuánto se lo agradezco ni cuánto, cuánto, cuánto lo necesito. Ojalá sea aquel de Groenlandia-La Antártida- El Polo Norte-el puto hielo que tuvimos que suspender por lo de Eneko. Ahora mismo el proyecto de un páramo congelado es precisamente lo que necesito. Nononono…no es ironía. De verdad que necesito encerrarme en un igloo. Y que ahí fuera todos sigan enfadándose… gritando… juzgándose… clavándose los dedos los unos a los otros… robándose las galletas…

En fin…

Me encanta terminar los malos días con un «en fin.»

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María acaba de venir a contarme que se ha comido mi galleta. «Te guardé un regaliz naranja para cambiártelo.» «¿Y dónde está?» «Me lo he comido porque era de naranja y estaba muy bueno.»

De María no me canso. Ella es ruido blanco.