DÍA FOUR (saltarme días ahora no queda bien)

He descubierto que mi silla bonita del ikea que quedaba tan bien con el resto del cuquidormitorio en mi cuquirincón de ordenador, es dura de cojones. Cuando me sentaba a hacer mis cuquicosas media horita al día me parecía bien, pero ahora que me la como 8 horas seguidas (por favor, no leer esto fuera de contexto) más las otras dos de televisión… estoy pensando seriamente en dejarla como elemento decorativo en ningunaparte y subirme aquí la del gaming, que es un trasto enorme, azul y negro, feo de pelotas y maravilloso hasta para echarse un sueñecito bajo un montoncito de gatos ¿Comodidad o estética? that’s is the question (dijo el chico con chándal rojo y calcetines de mapaches).

Supongo que es lo que me pasa a mí con la silla, nos pasa también con determinadas personas. Nos parecen maravillosas media horita al día y luego cuando las disfrutamos ocho, solo queremos montarlas en un barco y enviarlas lejos. Dicen que tras la cuarentena habrá un repunte de divorcios y separaciones. La verdad es que por las redes se nos nota tensos. Yo no me noto especialmente de mal humor, ni harto. Pero claro. Yo soy un cuarenténico de primer mundo y tengo metros de casa, luz y plantas de exterior para oler si me entra la paranoia. He estado pensando en cuando compartía piso en Madrid y en haberme quedado encerrado en una de esas habitaciones de 3 m2 con tres tíos poniéndome música electrónica a jornada completa y me imagino que mi situación mental sería distinta. Aunque también te digo… antes que a la ira, tiendo a la tristeza. Eso es lo bueno de lo malo de los lunáticos.

DÍA TWO

Hugo lleva dos días mandándome fotos desnudo. Duchándose, mirándose al espejo, haciendo pis… Supongo que debería desasosegarme, pero la verdad es que los recibo con cara de vaca mirando al tren. Ni me enfado, ni me asusto, ni me altero. Por no sentir, ni me sorprendo. No sé exactamente de qué va ni qué pretende. Creo que el encierro nos está volviendo a todos un poco locos. O que los locos se están volviendo más locos. Yo como soy Lebowsky, me estoy volviendo más Lebowsky. Oigo el tling del whatsapp, veo a Hugo mirándome mientras mea, digo «ah, bueno, la polla de este otra vez» y sigo masticando quicos y viendo teleseries. No le he dicho nada a Jon. No tiene mucho sentido hacerlo, porque está ocupado con el apocalipsis de Madrid y no tiene tiempo ahora de ponerse a matar a nadie. Tampoco para ver blogs, así que por eso gasto los huevazos de dejarlo aquí escrito. Queda muy bien como diario de supervivencia. Día 2: He visto mear una polla que no es la mía.

Tampoco le he dicho nada a Hugo. No tengo activado el check azul, así que le dejo en el limbo cruel del checking gris. Sinceramente, no creo que sea nada personal. El tiempo que estuvo recomponiéndome el esqueleto, tampoco nos caímos tan bien. Seguramente se lo estará enviando a la vez a otros 20 tíos, hasta que alguno le dé jueguito y le ayude a hacer más amena la pandemia. Es lo que te digo. El encierro nos vuelve a todos un poco tarumbas. De hecho, mira que hora es y nisiquiera sé qué demoños hacer de cena. Tengo la nevera llena de comida para el apocalipsis. ¿Qué te apetece? ¿te gusta el pastel de atún?

DÍA ONE

Hola. Vale, no es el día one, pero ¿qué más da?

Me hacía muchísima ilusión tener una de esas teteras inglesas que se ponen en el fuego y hacen piiiiiiiiiii cuando el agua está hirviendo. Porque el agua calentada en microondas no sabe igual en los tés y los cacillos eran menos poéticos (para todo se puede ser absurdo y estético en esta vida, a partes iguales). Se lo dije a Jon. Y él en navidades fue a unos grandes almacenes y le dijo a la dependienta que quería «una de esas teteras que se ponen en el fuego y hacen pí.» Me lo contaba riéndose. Ahora que estoy sentado en la mesa de la cocina esperando el pí, estoy recordando todo eso echándote de menos.

Las redes están llenas de «cosas que hago para soportar la cuarentena». Este es un momento histórico, así que ahora mismo todos nos creemos un poco históricos. No sé las cosas que hago yo para soportar la cuarentena. Ayer estuve toda la tarde jugando al Beat Saber con las gafas VR. Tenía que romper bloques rojos con la izquierda y azules con la derecha. En cuanto perdía el ritmo una vez, mi lateralidad cruzada empezaba a romper sin ton ni son azul-izquierda-rojo-centro-azul-arriba-rojo-abajo. Pedro apagó el juego con un bufido. «ME PONES NERVIOSÍSIMO.»

He de reconocer que para no estar hecho acorde a este mundo, no me va del todo mal.

Esto

Sigo (o seguimos) redibujando este blog. Me operan dentro de tres semanas y luego voy a tener unas cuantas más de baja (o de paro) así que voy a tener tiempo de ordenar un poquito todos mis desvanes. Bien me viene, la verdad. Anoche fue Halloween y tuvimos que suspender nuestra fiesta. Primera vez en ocho años que no celebro Halloween. Y primera vez en ocho años que no saco ni un puñetero adorno. La verdad es que tampoco fui capaz de encontrar ni una puñetera calabaza en ningún sitio. Diría que los castellanoleoneses son menos dados a las fiestas paganas. O a divertirse, en general. De todas formas, me empezó el dolor a las diez en el cine, viendo Jocker, y ya no me abandonó hasta las cuatro o las cinco de la madrugada. No podía haber soñado con una noche de brujas más terrorífica. Me habían dicho que alternara el nolotil y el ibuprofeno cada 4h. pero creo que anoche entré en barrena mental. El dolor era agudo sentado, e insoportable tumbado. Desperté a Jon cinco veces, solo con el movimiento de caja-pastilla-blister. En todas me dijo «¿estás llevando bien la pauta?» y en todas le mentí «sí, sí, ya me toca.» Yo qué sé lo que me tocaba. Era como si me estuvieran atornillando consecutivos clavos en la mandíbula, el cuello, el oído, el hombro, los dedos… Me levanté varias veces y deambulé por la planta de abajo dando paseos. Fui el fantasma de mi noche de brujas. Bebí poleo caliente. Me cagué en los dioses. Intenté dormir en el sillón. Hacía frío. El cachorro estuvo un rato mordiéndome los calcetines. Volví a subir. Revolviendo en el botiquín encontré Diazepán. En condiciones normales hubiera dicho «esto no, que ya voy bastante chutado» pero aquellas no eran condiciones normales, así que me tragué el diazepán. Pensándolo en frío, casi fue un milagro que no me lo tragara con vodka. Me volví a sentar en la cama y desperté a Jon otra vez. Me hizo un cuchicuchi. «¿Estás bien?» pregunta retórica. En algún momento del amanecer me quedé dormido, gracias al príncipe Valium. Cuando me he despertado, me ha sorprendido que entrara luz por la ventana. Ahora me sigue doliendo, porque es largo, lineal y constante, pero con menos intensidad. No me apetece una mierda que vuelva la noche y la horizontalidad. En cuanto me tumbo, siento que todas mis conexiones neuronales chillan y palpitan.

Qué bonito 2019. Hasta el final.

Ay

Las cosas no me salen. Esa es la sensación. Que no me salen. No llega el puto otoño, ni la lluvia, ni el aire fresco. No me dan mi coche, que lleva una semana en el taller porque el claxon no funcionaba. Una semana para un puñetero moc. «Es que tenemos un problema de programación con las llaves». Bueno, vale. Como si me dicen que tienen un elefante estampado a margaritas atascado en el tubo de escape. Estoy cansado de llamarles y cansado de quejarme. Quiero mi coche nuevo. Me tenía que salir malo, claro. Por supuesto. No podía ser de otra forma. No me gusta el tanque que me han dejado en sustitución. No sé cómo funciona nada y voy por la carretera como un oompa-loompa montado en una nave espacial. Siempre tengo que bajarme de un saltito. El tanque vale como 15.000€ más que mi coche. Debería estar contento de llevarlo. Pero no lo estoy. Ni una pizca.

Me duelen las articulaciones, los músculos, la cabeza. Me hielo de frío y me aso de calor a lo largo de un mismo minuto. Me siento cansado, irascible, triste, desanimado. Sigo adelgazando. Cuando me levanto, digo «a partir de hoy hago un poco de ejercicio…» «a partir de hoy cuido lo que como.» «A partir de hoy…» A partir de hoy nada. Todos los baches son hoyos profundos. Se partió la barra del armario del sótano y se hundió como un fantasma desinflado. Ya ves tú qué tontería, es un armario para guardar las cosas de las bicis. No tiene mayor problema ni mayor trascendencia. Ni aunque se hiciera cenizas, sería importante ¿no? Pues cuando lo vi hundirse me entraron ganas de llorar. Esa es mi resistencia emocional estos días. Justo la de mejillón de roca.

Dos semanas para ver lo de la plantilla del blog. Solo para verla. Que si hoy tú, que si mañana yo, que si ahora sí, que si luego no… No avanzamos. Somos expertos en atascarnos, Nostro y yo. Por desgracia, en eso no hemos cambiado nada, a pesar de todos estos años. Es el mejor en lo suyo, sin duda. Pero también es el más disperso. Y juntos venimos a ser como una roomba. Pasito y pumba. Pasito y pumba. Pasito y pumba. Creo que por eso estábamos destinados a no estar juntos.

El médico me dice que no me deje llevar por los espejismos. Que la hipófisis no me anda bien. Que todo es un simple desequilibrio hormonal, y que en cuanto me regulen, volveré a ver las cosas desde otra perspectiva. Que estos días procure no tomar ninguna decisión importante, ni hacer demasiados «juicios de valor.» Es un consejo tan sabio, como inútil. Jon se mantiene inamovible en su papel de muro de carga. No flaquea. Salta sobre mis momentos insoportables como un aunténtico plusmarquista. Sin él las cosas serían infinitamente peores. Pero ahora ni siquiera tengo espíritu para poder agradecérselo lo suficiente.

Si por lo menos lograra cerrar algún frente. Alguno. El coche, el médico, el daño, el blog, el armario, Pedro, el trabajo…

El otoño…