Veintemil albaricoques. Indigestión en ciernes.
Hoy hubiera podido dormir, pero la pierna no me ha dejado. Siempre que me duele la pierna, pienso que mi donante de menisco está tratando de decirme algo desde el más allá. «Corre» o «levántate ya» o quizá «que sepas que no es nada divertido estar en el inframundo sin rodilla».
Se lo dije a los del grupo de apoyo psicológico cuando aún fingía tener ganas de estar allí y se rieron mucho. No era ninguna broma, pero me esperaba que se rieran. Me pasaba siempre con ellos. Cuando hacía bromas me miraban con cara de paisaje, y cuando me ponía serio, se tronchaban. Éramos como cinco huevos y una castaña. Cada vez que Javier me decía «Tu turno, Ari. Cuéntanos lo que piensas de todo esto» yo siempre tenía que morderme la lengua para no decir: «Pues que tú eres un sobrao que va de listo, que esos cinco son unos tristes y que yo soy un gilipollas que en lugar de estar aquí, debería estar bajando porno de internet.»
Pero en vez de eso, siempre decía: «Pues… es terrible todo…» y los cinco tristes y el sobrao me daban palmaditas y decían «ya… ya… pasará… estamos contigo…»

Mientras amanecía, me he dado friegas con aceite de rosa mosqueta. Me la trajo M. No sé para qué sirve. Bueno, sé que no sirve para quitar el dolor de huesos, pero me encanta el nombre. Rosa mosqueta. Ro-sa mos-que-ta.