Patatas fritas. Trucha ahumada. Décimas de fiebre todo el día.
He vuelvo al mercado a comprar albaricoques y cerezas. Se me hace raro salir por las mañanas, es como caminar en el reverso de mi vida. Me he puesto el peto por primera vez. Mi peto siempre marcaba el final del invierno, pero esta vez no marca nada. Los vaqueros ya no me ajustan y se me resbalan por las caderas. No se me da bien enseñar los calzoncillos, porque para eso hay que ser sexy. Un hombre en el metro de Ventas me dijo una vez: «los llevas rojos con cuadraditos» y me morí de vergüenza. Hice todo el trayecto con la espalda pegada al asiento y tan rojo como mis calzoncillos de cuadraditos, mientras él gozaba mi bochorno con sonrisitas estúpidas. Eso demuestra claramente que nunca seré sexy. De hecho creo que debería llevarlos blancos de esos castos y sosos, que dejan escapar los huevos en cuanto los usas tres veces. Iría más con mi personalidad.
Creo que la herida supura otra vez. Tendré que volver al hospital para hacerme una cura. Debería agenciarme una gabardina, un sombrero y unas gafas negras para la ocasión. No me apasiona la idea de que nadie del psicogrupo «tengocancerperosoyfeliz» me vea.

Psicogrupo… suena casi a superhéroe.