Un plato de macarrones. Una galleta. Desenfrenado trajín sexual.

Me sorprendo de que ya no me apetezcan las golosinas. Bollazos, que dice él. Tampoco el helado que lleva dos semanas en el congelador. El hachís debería darme apetito, pero el tabaco me lo quita. Ahora mastico sorprendentemente despacio. Creo que me estoy paralizando, de alguna forma, como esas serpientes que ralentizan su metabolismo para soportar el desierto. Yo ralentizo el mío para soportar el dolor. A lo mejor dentro de una semana, necesito ocho horas para ponerme un calcetín. No deja de ser una mutación curiosa para alguien que era capaz de comerse una caja de donettes crunchis en tres minutos.
Donettes crunchis… Ojalá pase algo que te borre de pronto… un disparo de nieve… una luz cegadora…
La herida sigue supurando. Tres vendajes en una hora. Sería estupendo ser un vaquero de película, y poder derramar una botella de tequila encima de la rodilla mientras muerdo un palito de madera. Cualquier cosa menos ir al hospital.

Aunque para eso, puede que sí que me ayude la botella de tequila.