Sushi. Contento de ir comiendo mejor. Sangrado de nariz leve.

Bueno, pues ya está. Sin gabardina, sin gafas negras y sin tequila, he llevado la pierna al hospital.
Evité a los del psicogrupo, pero no a las enfermeras de planta. La rubia de la voz dulce me ha preguntado qué tal llevaba lo del pelo. Me ha sorprendido un poco la pregunta, hasta que me he visto reflejado en el cristal. Joder… mi cabeza es una albóndiga de estopa pinchada en un palillo. Con los kilos de menos, prácticamente soy un Fragel. Ojos-pelo/pelo-Ojos. Es por haberlo afeitado dos veces. Ahora parece que me hubieran crecido los 300.000 pelos todos a mogollón, al grito de marica-el-último.
Tres pinchazos. Uno para drenar y dos de antibiótico. Cuando han traído la silla de ruedas, la he rechazado, orgulloso. Un orgullo poco práctico, por otro lado, porque se me han olvidado los escalones de la entrada y los he tenido que bajar deslizando el culo por la barandilla con la muleta a modo de remo. A ver si me apunto en la frente, que en determinadas situaciones no hay orgullos que valgan.
El 15 de junio vuelvo con la prednisona. Qué poco duran algunas rebeliones…