Menú de gourmet. Gulas. Sepia. Merluza. Cava rosado. Leche frita. Capuccino. Dolor de cabeza (puede que del cava). Felicidad (puede que del cava).
He vuelto al trabajo. Mis compañeros me han regalado un uniforme de soldado y una tarjeta con monigotes en la que pone “para el niño guerrero que sale victorioso de cualquier batalla”. Me he emocionado mucho. Nos hemos hecho algunas fotos y la verdad es que no saco mucha cara de guerrero victorioso. Entre los pelos, los pucheros y los ojos rojos, más bien parezco la viuda de Espinete acudiendo a un homenaje póstumo.
Pienso en esto que estoy haciendo y dudo. Recibo bastantes cartas de personas preocupadas por el cambio de registro de mis entradas. Encontré positivo para mí este harakiri, pero no me paré a pensar si lo sería para todo el mundo. Ahora repaso mis diarios infantiles y dudo. Siempre quise ser Christopher Moore o Sue Townsed, y escribir sobre el lado divertido de la realidad. Es tan complicado hacer reír, como sencillo poner triste, y yo no he cogido el camino sencillo en mi vida. Dudo si seguir con esto. Le preguntaría a él, pero sé que me dirá: “Si quieres escribir escribe, Ariel, y si no lo quieres hacer, no lo hagas”. Y yo responderé: “pues… ehm… vale, pero… ¿entonces qué me estás diciendo?” y luego me entrará la risa tonta y la mala leche, a partes iguales.