Vómitos esta mañana. Tripa vacía y en concierto. Dolor de cervicales.

Mis análisis de sangre son caóticos. Mi hígado asfixiado. Mi páncreas paralizado. Mi testosterona por las nubes (lo cual explica a la perfección la entrada de anteayer sobre Conchita…). Voy a reventar un día de estos como un globo sonda, y lo único que quedará de mí serán un puñado de lanas rubias flotando sobre las torres kio.
Ayer fuimos al cine. Vimos Coraline y luego nos colamos con todo el morro a la sesión golfa de Terminator. Las dos me mantuvieron enganchado a la butaca. La rebelión de las máquinas sucede en 2018, así que le dije después a M. que si al final termino perdiendo la pierna, sólo tendré que esperar ocho años para que me pongan una de esas maravillosas patas-terminator, con acero y cubiertas de chicha humana. Él se rió bastante con la ocurrencia y me recordó que el cine era el cine, y que si finalmente pierdo la pierna, lo máximo que me colocarán será algo parecido a un abrebotellas con zapato. Al principio, nos dió un poco de cosa hacer chiste con eso, pero al final acabamos llorando de risa. Creo que mi inclinación por el humor negro también puede ser genética, ahora que recuerdo a mi madre y su eterna sonrisa de payaso diabólico.
Hoy voy a hacer lasagna. Para darle una tregua al hígado, la haré sin carne, sin bechamel, sin queso y sin mantequilla. O sea, que hoy voy a hacer lasagna, sin lasagna. Por aquí están todos encantados del asco que eso va a suponer.