Pescado blanco. Arroz. Chocolate en microdosis. Todo el día helado de frío.

No he podido pegar ojo. Seis veces he tenido que levantarme de la cama para masajearme alguna contractura muscular. Y para redondear la noche, a eso de las cuatro me ha despertado el maullido agónico de un gato retumbando por el patio de vecinos. He ido como una flecha a pasar revista a los míos, pensando que alguno se había podido caer por la ventana, pero lo he tenido que hacer guiándome por el tacto, en plan: “lo malvado es Tequila, lo obeso es Tripi”, porque todos dormían y no podía encender las luces. Cuando mi marcador táctil estaba ya: “mordiscos malvados 5 – cosas obesas 0”, me he empezado a asustar y he despertado a M. para que me ayudara a bajar al patio a mirar. Por supuesto, ha bastado que M. se pusiera los pantalones para que saliera el cabrón del gato, de veteasaberdónde, estirándose tan pichi con ojos de chino haciendo un esfuerzo.
M. iba a matarme (lo sé), pero afortunamente en ese momento me ha dado otra contractura y me he podido librar de su ira. Resulta un poco duro matar a un chico cojo cuando se cuelga de tu pijama gimiendo. Es casi como darle dos tortas a tu abuelito. Así que hemos decidido coger el aceite de rosa mosqueta y los gelocatiles, y sentarnos a ver el partido de los lakers, aplazando lo de matarnos para otro amanecer. Eso sí… a estas horas de la tarde, sin poder tomar café, té, cocacola, ni anfetaminas, no creo ser capaz de resistir sobre las muletas más allá de las seis. O de las cinco. O de dentro de diez minutos. O de ya.