Tostadas y café. Con 1 k. de repostería martínez en la cocina. Tengo motivo para quererme.
Sigo con el corazón un poco encorchado. Conozco estas etapas. Yo las llamo las de la inercia, porque todo lo hago siguiendo el instinto básico de animalito. Es como si las emociones no me traspasaran. Me levanto porque me tengo que levantar, como porque tengo que comer, me muevo porque me tengo que mover… No hay pasiones, ni líbidos, ni odios, ni miedos, ni deseos. Nada. Pedazo de carne con ojos, viviendo por inercia. Algo parecido al sueño con somníferos, pero en el lado de la consciencia. Debe ser que me estoy autoblindando sin querer, al preveer que me toca hablar de Nicolás.
Me he cortado el pelo de la nuca de la forma que lo hacen los irracionales. Es decir, cogiendo unas tijeras y trisca-trisca-trasca. No sé qué tipo de escabechina me habré hecho, pero M. ha puesto ojos de pánico cuando me ha visto. Mientras me lo igualaba con la maquinilla no paraba de preguntarme por qué demonios hacía cosas así. No sabe que soy un valiente cuando se trata de automutilarme. Aún tengo la marca leve del nombre que me escribí en el antebrazo con la aguja de un compás, la primera vez que me enamoré de un gilipollas.
Como sólo me he cortado la nuca, los rizos se me han encogido hacia arriba, y ahora mi cabeza es una especie de trozo de coliflor. Mola todo. Me encanta verme. Me río mucho, y salgo a trocitos de mi vida por inercia.