Tallarines y felicidad. Felicidad y tallarines.
Me reunieron los tres en la consulta y me dijeron que la operación se podía considerar un éxito. Que no había rechazo. Que los marcadores eran negativos. Que la herida cicatrizaba según lo previsto. Que sólo quedaba seguir rehabilitando para recuperar la musculatura de las piernas y hacer una vida lo más normal posible. Yo sólo escuché las palabras «piernas» y «éxito». Lo demás para mí fue una sucesión de blablablás entre toda una borrachera de alegría absurda e idiotizada. Luego me quitaron el catéter de la rodilla. Pregunté: «¿Y ahora qué?» y la doctora sonrió y dijo «Ahora ya sólo luchamos contra la artritis. Pero es un enemigo pequeñito.»

Tengo un enemigo pequeñito. Y tengo piernas. Dos. Mis piernas. Estuve dos horas desnudo tumbado en la cama, con los pies sobre la pared, mirándomelas. Levantando una. Levantando la otra. Girando una. Girando la otra. Doblando una. Doblando la otra. Cuando el catéter del pecho empezó a molestarme, me dibujé un OK con rotulador rojo en el muslo izquierdo y un Nepomuk haciendo una zapateta en el derecho. Le mandé un sms para decírselo. Estaba muy contento, era la mejor noticia del mundo. A él no se lo pareció. No dijo nada, ni le dió importancia. Estaba molesto porque no le había llamado. Me puse triste unos minutos. Los justos hasta volver a ver mi pierna, en su sitio, haciendo coro con la otra, como el resto de las piernas sanas y normales del mundo mundial.

Mañana devolveré la silla de ruedas al hospital y subiré las muletas al trastero. Y haré un yipi-yupi-yei desde la terraza de antenas al más puro estilo de Hopalong Cassidy.