Cuando terminas de hacer el amor con una mujer, ésta siempre se arrima. Se aprieta contra ti, busca besos, provoca caricias, se acurruca contra tus rincones. Genera calor, mimo, conversación… la continuidad de la complicidad en el postorgasmo.
Cuando terminas de hacer el amor con un hombre, no hay continuidad de nada. Los dos cuerpos suelen quedar boca arriba, separados. Cada uno en su terreno. No suele haber besos, ni mimos, ni demasiado calor. Es más bien como el final de una lucha cuerpo a cuerpo. Respiraciones agitadas, quizá los dedos que se rozan, alguna mirada y poco más.

Siempre que me han preguntado si el sexo era mejor con hombres que con mujeres o viceversa, he respondido lo mismo: “Son cosas diferentes.”

Somos cosas diferentes.