Tenían que haberle operado mañana, pero lleva desde las nueve con fiebre. Han suspendido la colonoscopia y le han metido directamente a quirófano. Me han dicho que la operación durará tres horas. Y aquí ando. Como un león enjaulado. Levantándome. Dando paseos. Sentándome. Escribiendo. Levántandome otra vez…
Me he pegado a su cama como un chucho plasta, cuando se lo llevaban. Mientras esperábamos el montacamillas, me ha dicho “cuando te vuelva a ver tendré cien gramos de colon menos y una cicatriz más.” Yo le he dicho que los tipos con cicatrices eran mucho más atractivos, pero que eso le obligaba a llevar camisetas ombligueras tipo Madonna de por vida, si quería seguir siendo el terror de las nenas y de los travestís del Paseo Camoens. Él me ha cogido la mano y mirando a los camilleros (los cuales se descojonaban sin pudor) ha dicho: “Este es mi hermanito, señores. Iba para el club de la comedia, pero no le llegaban los pies al taburete…”

Soy su hermanito. Su hermanito suplente. Y en estos siete años, me he aprendido tan bien el papel que… de aquí no me mueve ni dios hasta que no me lo traigan otra vez. Me da igual con colon, sin colon o con el colon a medias. Yo sólo quiero que me lo vuelvan a traer. Y que vuelva a meterse conmigo, y a llamarme enano. Otra vez.