Me encanta este color

El de los títulos. ¿Ves? Es mi azul favorito. Tengo vaqueros de ese color. Zapatillas de ese color. Pisapapeles de ese color. Tengo hasta un edredón de ese color. Cuando me enredo entre azulgrises me siento mucho mejor. Como metido en el falso cielo nocturno de un teatro kabuki.

No come nada, y es como la pescadilla que se muerde la cola, porque la química no le deja comer, a la vez que le exige que coma. Cada tarde le llevo golosinas de mentira. Uvas. Queso gallego. Colines de pipas. Chocolate negro. A veces funcionan y a veces no. La comida del hospital no ayuda nada. No te imaginas lo que es. Acelgas frías, puré de zanahoria insulso, la misma ternera triste nadando en extrañas salsas gelatinosas… Cada vez que levanto la tapa de la bandeja, la cierra corriendo como si algo se escapara de dentro y le mordiera el ánimo. De todas formas, no escribiré mucho más sobre él, porque siento que le traiciono de alguna forma. Me doy cuenta que no está bien adoptar las miserias de los demás como propias y mucho menos exponerlas en el atril de un blog. El cariño no me excusa, así que le dejaré en barbecho, y mientras seguiré inventándome golosinas de mentira para matar al monstruo caníbal que se esconde bajo la tapa de sus bandejas de hospital.
La pierna me vuelve a doler un poco. No pasa nada. Mi donante de rótula me recuerda que sigue ahí. «Sigo aquí y reclamo mi rodilla chaval, así que deja esa sonrisita estúpida y andando al botiquín…»

Mi diario gris se ha parado en Maruk porque me duele volver a recordar su desenlace. Tú ya no lo lees, así que en estos momentos tendrás cara de paisaje con interrogación. Bueno… pues Maruk era uno de esos chicos que nacen condenados a perder. Habrás conocido alguna persona así. Todos nos cruzamos con alguien así alguna vez, incluso a veces en el espejo. No. Tú no lo eres, no te pases de listo. Ni yo tampoco. Sólo escribirte esto y que tú lo leas, ya evidencia que tú y yo no hemos perdido. Y no me importa lo que digas al respecto. Es así y basta. Hay una diferencia enorme entre ser un llorica y ser un perdedor. Sobre todo porque los perdedores nunca son conscientes de que lo son.
Este fin de semana retomaré los viejos diarios, por si acaso los leyeras. Sé que eres un poco tramposo. Lo sé y me lo callo, porque ese es uno de tus mejores atractivos. Y me fascina, claro. En realidad, me fascina todo. Hasta cómo cantas La Golondrina.

Bueno, vale… eso no.