Dicen que estoy más contento desde que te escribo

He terminado La ladrona de libros. Se lo recomendé a María cuando lo tenía recién empezado y ella lo terminó ganándome por goleada. Me dijo que había llorado mucho, y yo pensé que entonces yo también lo haría, porque María y yo sentimos en el mismo camino. Y en efecto. No había llegado al fin y ya estaba llorando. Se me ha encogido el corazón. No es nada cómodo eso de que se me encoja el corazón en el metro. Quiero disimular y hacer como que sigo leyendo, pero los ojos se me humedecen y no veo una mierda, así que lo único que puedo hacer es sacar el pañuelito como las viejecitas y sonarme los mocos con más o menos estruendo.
No me digas que en el metro nadie se fija en nadie. Es mentira. En el metro hay observadores profesionales. Se sientan o se apoyan frente a ti y te miran. De la cabeza a los pies. Y cuando te tienen ya bien mirado, pasan al siguiente. Es la distracción de las horas puntas. Mirarse los unos a los otros.

Estoy cansado porque tengo el estómago medio vacío. Es la consecuencia de haber gastado mi hora de comida en buscar la gabardina perfecta. Esto es: buena + bonita + barata, o dicho de otra forma: “la gabardina que no existe”. Te juro que he recorrido La Vaguada de arriba a abajo, y nada. Si no era la solapa, eran los botones, el largo, el color, o el precio. Miguel dice que mejor que no la haya encontrado porque no hay quien me saque de los vaqueros y las converse y eso mezclado con una gabardina tres cuartos queda como de tipo chungo sin espejos en casa.

Me da igual. Quiero esa gabardina. Además, de alguna forma tendré que dar vidilla a los observadores profesionales del metro cuando no tenga un libro que echarme al kleenex.