Los miércoles que se clavan

He releído lo que escribí ayer. Menudo barullo. Cada vez escribo peor. Más denso y menos claro. Es la mala influencia de la filosofía. Mi profesor de metafísica nos preguntó si no nos sentíamos más cerca de los grandes filósofos a medida que avanzábamos de curso, y yo contesté que por mi parte seguro que sí, porque ahora usaba una media de ciento cuarenta y cinco palabras por minuto para no decir absolutamente nada. No quise ser payaso, sino reivindicativo, pero la clase se descojonó. A él no le hizo ni puñetera gracia. Me lanzó una mirada de desprecio y dijo “debería sacar mejor provecho de su potencial como guionista de concurso televisivo, Sr. Serlik”. Por el modo de arrastrar la ese de mi apellido, sospecho que me hará pasar el resto del curso lamiéndole las botas. Nunca aprenderé a callarme a tiempo. Si esto fuera la edad media, me habrían quemado ya ocho veces en la hoguera.

No he recibido aún ninguna llamada por los análisis repetidos. Sólo una cita para contrastarlos el viernes. He hablado con mi médico, pero me ha dado largas amables y se ha despedido con un “relájate y sé feliz”. Me hubiera gustado que él no hubiera sido él y yo no hubiera sido yo, para poder mandarle a la mierda con el dedo en alto, como Fernando Fernán Gómez. No sé si la falta de noticias son buenas o malas. Llevo todo el día con el estómago hecho un nudo, pero pueden ser nervios. O cheetos. O nervios con cheetos. Estoy asquerosamente triste. Asquerosamente asustado. Asquerosamente asqueroso. A lo largo de la mañana, he tenido que ir tres veces al baño a llorar como una niña. Me aterra volver a la quimioterapia. No sé dónde he dejado mis legendarios huevos para la lucha contra los imponderables de la vida. Debieron quedarse dentro del pantalón de Bisbal.

Debería pelearme con la plantilla de blogger de ayer pero no tengo ánimo. Le echo en falta.