De dioses y monstruos

He recibido un montón de sms navideños deseándome felices fiestas. Uno fue escrito pensando de verdad en mí. Los demás eran la típica felicitación que envías a toda tu agenda, limitándote a cambiar el nombre en cada caso (o ni eso). Son detalles bonitos pero automáticos, aunque no deberíamos dejar que “bonito” y “automático” formaran parte de una misma frase. Yo me voy volviendo desastroso según crezco. Algo parecido a un Mr. Scrooge que no podrá soportar un solo dorado más, o una sola frasecita de buen rollito paz-amor. Hasta el diciembre del 2022 estaré saturado de celebraciones, de copas de empresa y de papás noeles de gomaespuma subiendo por las terrazas. Eso por no contar con la horripilenda moda de los niños jesuses satánicos en manterolas rojas y doradas colgando de los balcones. Como si los católicos no tuvieran ya suficiente kistch con el look del Papa.

Una vez le dije a J. que teníamos que fundar una religión. Que él podría ser el sacerdote y yo la reencarnación de la deidad en la tierra (con dos cojones). Reinventarnos un ritual de misa, un libro sagrado con las diez tonterías de rigor, unos cuantos feligreses de esos que no piensan (o sea como todos) y hala… a sacar pasta prometiendo chorradas para después de muertos. Al fin y al cabo es el negocio perfecto porque luego nadie puede venir a reclamarte por incumplimiento de contrato (ahí reside el verdadero secreto de toda religión). Él se lo pensó unos segundos y luego dijo “Vale, pero yo quiero llevar un gorrito divertido como el Papa”.

Entonces la reencarnación de la deida en la tierra con-dos-cojones, se descojonó y adiós proyecto.

Me ha saltado aceite hirviendo, mientras hacía el ragout. Ahora tengo una mancha rosa en el antebrazo con forma de Norteamérica, Bahamas incluídas. Mola todo. Y duele de demonios. Cocinando soy como un pingüino ciego. Milagro que no me haya saltado a las narices. Un día de estos, todo yo me convertiré en un mapamundi sonrosado con pijama y pantuflas.