Hace mucho que no te escribo

He elegido una mala noche para que te helaras conmigo en la terraza. Creo que estábamos a bajo cero y yo me he perdido un poco en el vaho que salía de tu respiración. En el vaho y en tus dedos largos. Quería decirte muchas cosas y luego ya ves. Nisiquiera podía pronunciar las enes, que no me respondían ni los carrillos con tanto frío.
Quería decirte que cada día me relaciono con mucha gente y nunca encuentro a nadie como tú. Fíjate… resulta que no tienes igual. Y eso siempre me ha parecido cantidad de raro, porque todo el mundo tiene un igual. Una etiqueta. Una bolsa en la que meterse. Esa es la verdadera razón del triunfo de las redes sociales. También era eso lo que quería decirte esta tarde cuando hemos empezado ese debate sobre facebook-sí / facebook-no. Quería explicarte que tú y yo no podríamos nunca estar metidos en una red social con 344 amigos registrados. Ni hacer quedadas. Ni pertenecer a grupos de interés. Nunca. Porque somos raros. ¿Tú ves que somos raros? No es sólo lo que decías sobre mi pánico fóbico a que me localicen y controlen (aunque sea cierto que sigo siendo el chico fugado que duerme en el fotomatón de los mostenses), ni tampoco es tu pereza para relacionarte con el mundo. Es algo más. Algo que nos sale de dentro y nos une, cuanto más nos separa del resto.
Quería decirte que estoy contento de que nos hayamos encontrado, los dos. Tan raros. Y que no te fallaré.