Ya no puedo masticarte

Ayer me di contra la puerta del armario de la cocina. Ese armario del que Miguel siempre me dice «No dejes la puerta abierta que te vas a dar» y con el que yo siempre respondo «Que sí, joder ¿te crees que soy tonto?»

Pues eso. Que como tenía la boca abierta para el tecreesquesoytonto, me hinqué el pico en la muela y me la partí. Crojs. Media muela a tomar viento. Miguel no daba crédito. Sólo abría mucho los ojos y daba vueltas por la cocina agitando los brazos y diciendo «no puedo creerlo-no puedo creerlo…», mientras yo espurrutaba sangrecilla sobre las tostadas como un vulgar bote de ketchup. Aún así fue bueno conmigo. Me acompañó al dentista sin reírse y sin decir ni una sola vez «ya te lo advertí». Tampoco hacía falta que lo hiciera. No me había sentido tan gilipollas desde aquella vez que se me olvidó poner el peinecillo a la maquinilla y me afeité el cráneo al cero.
Quinientos euros por una muela de mentira. Quinientos. Porque resulta que las mías no tienen raiz y no se pueden reconstruir. El dentista miraba las radiografías una y otra vez y repetía «no puedo creerlo-no puedo creerlo…» Así que ayer fue el día de las incredulidades y yo no soy sólo un gilipollas. Soy un gilipollas con muelas de leche.

Ahora tengo medio labio hinchado y morado, y todos por la oficina me miran como diciendo «era de esperar que algún día alguien le partiera la boca…»

A lo mejor ha sido otra vez mi kharma chungo por haber llamado bola al gato. Al final tendré que plantearme lo de ser políticamente correcto, si quiero llegar entero al 2011.