Un recuerdo, dos, tres…

Encontré algunas de las cartas que nos habíamos escrito J. y yo hace cinco años. Me dió un bajón tonto de melancolía. A este paso, tendré ochenta tacos y seguiré con mis amarillentos papelotes chorras y mis bajones meláncolicos. Una mierda, vaya. Sobre todo porque yo quiero ser un James Bond duro, impertérrito, frío y calculador, y a lo máximo que llego por ahora es a Espinete ñoño, blandengue, pedorro y mariquita.

Todos los días miro la página del segundamano buscando anuncios de gatos/perros ciegos, cojos, mancos o feos para acoger. No sé por qué demonios hago eso, porque no tengo ni dinero ni sitio para acogerlos (de hecho no tengo ni sitio para acogerme a mí mismo), pero no puedo evitarlo. Si todo el mundo tiene una obsesión idiota, la mía son los animales tullidos. Miguel dice que es paternalismo frustrado porque nunca tendré hijos. Yo le digo que no. Que sólo es un trauma infantil. Y le cuento la historia del parto de mi gata Fiora y mis seis años. Los gatitos mínimos como ratones, apelotonados alrededor de la madre y mi abuelo, metiéndolos con parsimonia uno a uno en una bolsa, y caminando hacia el establo, apoyado en la garrota. Una bolsa de gatos diminutos que se revuelven y chillan. Yo detrás de las piernas de mi abuelo, fascinado con el vaivén de la bolsa de gatos en su mano derecha. “¿A dónde van los gatos, nonno? ¿a dónde los llevas?” Mi abuelo que se para junto al murete, escupe un taco y golpea la bolsa contra la piedra. Un golpe seco. Tomp. El ruido de los maullidos frena de golpe. Nada. Sólo el crujido de mis pies sobre la paja, y nada más. Silencio ensordecedor y la bolsa que se va tiñendo de rojo, muy poco a poco. Y yo quedo allí. Muy quieto. Con los ojos muy abiertos fijos en la bolsa roja y muda.