Qué difícil es escribir con el gato en las rodillas

He ido a cortarme el pelo. Me lo ha cortado otra vez el peluquero cubano de Princesa. Siempre intento huir de él como Jonás de la ballena y él siempre me encuentra. No importa que me oculte detrás de una revista. Aunque me escondiera detrás del kiosco entero, me localizaría igual. Tiene un radar especial para arieles acojonados, o algo así. Entre por donde entre, y me esconda donde me esconda, siempre viene caminando desde el fondo de la peluquería a grandes zancadas y gritando «Abel shiiiico ¡te cojo ahora misssshmo! ¡hoy te lo corto desssshfilado que esh lo que she lleva. Y alisssshamos como Ssshak Efron… ¿eh?». Y yo digo que no-que no, y él dice que sí-que sí. Y yo digo que sólo cortar, y él dice que también peinar. Y yo digo que no llevo suficiente y él dice que invita la casa-Abel. Y yo digo que me llamo Ariel y él dice que claro, que Abel, que eso es lo que ha dicho.
Y yo me rindo, porque eso es lo que hacen los Abeles del mundo. Rendirse y dejarse alisar los rizos por peluqueros cubanos con radares cósmicos.

Y nada, pues eso. Que así estoy yo sin ti, mientras escribo esto sentado al ordenador. Como una especie de híbrido mestizo resultante del cruce entre Ssshak Efron, Andy Gibb y un lego de star wars.

No sé si podrás soportar tanto sexy.