Vaqueros y gñigñi

Tengo mucho trabajo. Mucho, mucho trabajo. La gente normal cuando se sobrecarga de trabajo hace veinte cosas a la vez, resopla, se queja, y cría úlceras de estómago. Yo, simplemente, me bloqueo. Pongo cara de besugo y me quedo en trance mirando como se van acumulando los papeles en la mesa, mientras emito un pequeño ruidillo, parecido al que hacen los hamsters cuando tienen miedo. Algo como gñigñigñi…
Llevo exactamente cuatro días de gñigñigñi. Me han estado entregando tres manuales por día. Eso son doce manuales. Tres mil seiscientas páginas nuevas que tengo que maquetar. He pensado que cuando llegue a cuatro mil, las echaré en la destructora de papel y luego saltaré dentro.

Quería haber vuelto a la vaguada para comprarme los vaqueros perfectos en la tienda perfecta con el dependiente perfecto, pero como llevaba el reloj pegado al culo por exceso de trabajo, sólo he podido volver al H&M a probarme los squik-split-spink o como coño se llamen, con la peor categoría de dependiente que me podía haber tocado: el sincero. Ese que te mira con cara de asco y dice «buf… es que ese modelo le va mejor a un chico más alto…»
Me hubiera gustado colgarle los squik-split-spink del piercing del belfo, pero me hubiera faltado longitud de pierna para correr lo suficientemente rápido, y no estoy ahora como para perder otra muela.

Lo del vaquero perfecto, empieza a parecerme la piedra filosofal. He leído en nosedónde, que en Nueva York hay máquinas expendedoras de Levi’s 501, dónde metes el dinero, introduces tus medidas y pim-pam-pum, te sale el vaquero por el otro lado. Fascinante ¿no? al menos para el que esté bien hecho. Yo estoy seguro de que terminaría con ocho vaqueros en cada brazo y dando golpecitos al cristal de la máquina diciendo «¿oigaaaa? ¿hay alguien ahí dentro? que a estos también les sobra piernaaaa…»