El Ebro nace en Fontibre…

Me estoy poniendo malo por momentos. No malo de maldades, no… de eso ya lo era antes. Malo de malura, de ayquedaño, de coj-coj. Tres capas de jerseys encima del pijama y todavía tengo frío. Creo que el San Pascual Bailón ese se ha enfadado por tratarle ayer con irreverencia y me ha mandado una maldición. Una maldición de santo. Podría quedarme mañana en la cama disfrutando de la fiebre, pero no puedo subir a las cincomil hojas pendientes de maquetar. La cocopecosa sexy pensaría que soy un inútil, y por ahora, tengo bastante solo con aparentárselo.

Susto de muerte el de anoche cuando J. comentó lo de irse a vivir a Zaragoza. Se me cayeron el alma y las castañas a los pies. Zaragoza. Demonios… Zaragoza… no Móstoles o Getafe, no… ¡Zaragoza! Y que vale, que sí. Que yo le sigo donde haga falta. Que si tengo que ir a una ciudad que se cruza en triciclo, voy. Qué remedio. No me cargué un erasmus en París para terminar viviendo a 600 kilómetros de sus orejas. Pero… juro por los niños jesuses del mundo que intentando reunir una lista de cosas a favor de vivir en Zaragoza, sólo encontré una: las frutas de aragón. Y esas las compro en un sabeco de Parla.

Bueno, que no cunda el pánico. Madrid todavía nos sujeta. Aleluya, aleluya y pan de Madagascar…

Juana Tequila está en celo. Pasea de acá para allá chillando y enseñándome el culo como una corista del Moulin Rouge (aunque algo más peluda). Por las noches es una pesadilla, pero yo la arropo y me aguanto, porque la culpa es mía por ser un dueño cutre y pedorro que no dispone de los 250 euros que cuesta castrarla. Leí en un libro de veterinaria, que se puede introducir un bastoncillo de algodón en la vagina de las gatas en celo, para que ovulen y terminen el ciclo, pero quien escribió eso claramente no conocía a Juana Tequila. Si para cortarle las uñas hace falta ser valiente, para hacer espeleología en sus gónadas habría que ser… no sé… ¿Batman?