No sé si quiero que llegue el domingo

He pasado los análisis de sangre con notable alto. Poco a poco, me recupero. Como ya no puedo meterme más química, ahora me he pasado a la botánica. Todos los días mastico semillas de lino con queso quark y veinte bayas goji. Y me bebo litro y medio de una especie de mejunje amarronado biológico que sabe a pedo rancio y que refuerza el sistema inmunológico.
Soy un descreído de los folletitos de herbolario, pero lo cierto es que ahora mismo me rindo a la evidencia. Todas las porquerías que me recomendó el dietista hippie están funcionando. Las bayas goji me tienen de mucho, muchísimo mejor humor. Las semillas de lino me mantienen las articulaciones en forma, y el mejunje amarronado que sabe a pedo rancio ha conseguido que el gripazo en ciernes, se haya quedado en una sola noche de escalofrío. Al final tendré que regalarle un ramo de berenjenas en agradecimiento.

Ando un poco asustado estos días, aunque sean buenos para mí, porque J. no está bien. Está triste, negativo y cerrado. Y me preocupa porque cuando él rueda, incluso sin querer, me atrapa y tira de mí hacia abajo. Y allá que me voy con él, a hacerme añicos con las piedras del fondo. Y me acojona, claro. Me acojona porque me gusta estar aquí arriba. Arriba del todo. Donde se ve el cielo y se respira. Aquí donde cualquier cosa puede salir bien.

Pienso que siempre he estado un poco enamorado de Cristina Rosenvinge. Tenía que habérselo dicho a Ana el otro día. Hubiera sido un 1-0 para ella en nuestra contienda sobre las pitovoces del panorama musical español. Estoy seguro que Ana jamás hubiera aceptado que Cristina no es ñoña, sino simplemente sexy.
Todas las ñoñas creen que son sexys, pero ninguna lo es. Craso error en el campo de la seducción femenina, también aplicable a los homosexuales (MÁS aplicable a los homosexuales).

No me gusta la gente ñoña. De ningún género. De ningún sexo. De ninguna categoría. De ningún nada.