Yo… él… un poco de todo…

Estoy enfermo. Ahora sí. Tengo picos de fiebre, picos de dolor, picos de náuseas, picos de amor…

Llevo todo el día en la cama, envuelto en mantas y gatos. Mañana iré a ver a la doctora gordota y antipática del ambulatorio. Me preguntará qué me pasa sin levantar las gafas de los papeles. Yo le diré que me duele todo y que todo lo vomito. Y ella arrugará la nariz y me mirará con expresión de “en mis tiempos aún quedaban hombres…”

Hoy he visto a J. y el corazón se me ha hecho un poco más grande. Me ha dicho adiós con la mano cuando se iba. No dejaba de decir que iba hecho una facha porque tenía frío y se había puesto lo que más le abrigaba, pero yo sólo oía bla-ble-bli porque para mí estaba guapísimo, y me hubiera hecho tranquilamente una bandera con cada una de sus prendas de ropa, calcetines incluídos. Eso se llama “adoración absurda e incondicional”. Soy todo un experto en ella.

J. es muy simpático. Sonríe mucho y pone caras divertidas. Me gusta mucho eso. Un amigo mío dice que lo más atractivo del mundo es una persona seria, y que por eso los sex-symbol van siempre de duros. Yo prefiero con diferencia las sonrisas de J. Creo que los hombres y las mujeres simpáticas alargan la vida, como las bayas Goji, porque proporcionan energía vital. Los serios y los quejicas la consumen.

No tengo nada de hambre. No paro de marear el caldo con la cuchara, mientras escribo esto. Mañana es el cumpleaños de Ana. Me he gastado mis últimos euros en una Nintendo DSI. Es el último cumpleaños que pasaré aquí con ella, así que tenía que elegir algo especial. Iba a preparar también una tarta, pero sólo de pensar en chocolate me vuelven las náuseas, y no quedaría nada elegante lo de escribir el happy birthday en el bizcocho con los jugos de mi páncreas.

Estoy asquerosamente enamorado. Maravillosamente enamorado. Pancreáticamente enamorado. Tchsk…

Esta mañana, despertando de uno de mis sueños febriles, he abierto los ojos y me he encontrado sentado en la cama de mi padre. En el viejo colchón sobre el suelo, tal y como estaba entonces. Hasta he visto las paredes amarillentas, las sábanas rojas arrugadas y su paquete de ducados con el zippo sobre el suelo. Me he asustado mucho. Mucho. He parpadeado varias veces y por fin he vuelto a estar en mi cama naranja, con los gatos y mis paredes blancas, normales y aburridas.
Doy gracias a los dioses de las alucinaciones por haberme traído sólo la visión del viejo colchón. Si llega a aparecer mi padre entrando por la puerta, a estas alturas estaría ya escribiendo a Iker Jiménez en busca de un buen exorcismo con cuatro kilos de ajos y muchos litros de agua bendita.

Me pregunto si es algún mensajito de mi subconsciente relacionado con los viejos diarios pendientes.