Esta para María

Teo dice que se hace un lío entre los diarios que escribo ahora y los que transcribo de cuando era niño. Dice que debería poner fechas o algún párrafo que avisara, en plan «ojo que esto es pasado… ojo que esto es presente….» Yo le digo que para eso los pongo en dos colores, y él me dice que lo de las fechas es mejor idea, porque el gris no se distingue en blogger.
Tiene razón, claro, pero el problema es que mis diarios no tienen fecha. Todas las entradas desde hace diez años están fechadas con el día de la semana. Lunes: blablabla… Jueves: blablabla… sábado: blablabla y claro, así es complicado lo de organizarlos. Soy caótico, lo sé. Lo he sido siempre. Cuando hablo de mis diarios, uno se imagina una colección de libritos con tapas de piel y atados con una cintita cursi, pero no… en realidad son un puñado de papelotes amarillos, unos encima de otros y a mogollón, metidos en cajas de zapatos. Algunos no son ni cuadernos, sino simples grupos de hojas sueltas pilladas con una grapa.

Qué voy a hacerle. Era pequeño. Era pobre. Era un puto desastre, como ahora.

Bueno, hoy sigo con los diarios antiguos. A J. no le hará gracia que vuelva a escribirlos, así que pasado mañana tendré que ponerle mi cara de niño de comunión. Y él se reirá y me dirá «pero… será posible…»

No importa. Tengo que continuarlos. Se lo prometí a María.