Tontería de amor para que sólo la lea Jesús

¿Y qué puedo decirte hoy? tus besos… joder… no hay nada más. Nada más. Sólo tu olor en mi cuello, en mis manos, en mi ropa. Y tus besos. No como los imaginaba, no… no… Mucho mejores. Mucho, mucho, mucho mejores. Como los besos a los que estuviera predestinado desde antes de nacer. Como los primeros que me dieran. Como los últimos que me darán.
Intento pensar con coherencia, pero no me sale. Intento ser sensato y poner cara indeferente mientras digo “bueno, no ha estado mal…” pero… sólo pienso en tus dedos, en tus manos, en los labios, en los besos, en la lengua, en tu olor… y… joder, nisiquiera puedo ser yo. De verdad. No sé dónde me he quedado. Creo que hecho trocitos, encima de tu sofá. En el suelo de tu salón. En la baranda de tu terraza. En tu silla de despacho. En el centro de tu colchón.

Te quiero. Siempre te querré.

Nunca hubo nadie como tú. Te lo dije y no me creías, pero era verdad. Siempre te he pertenecido. Desde el primer puto día que te conocí. El resto del mundo, allá donde no estés tú, siempre será un simulacro, Jesús. Siempre. Siempre.

No sé si voy a pegar ojo esta noche. Me faltas. Lo sabes ¿no? cada segundo me faltas. Los besos. Esos besos. Me faltan. Chungo lo de dármelos a probar ¿eh? buf… ahora… ya no me apetece vivir sin ellos.