Más tonterías, pero estas para mí

Llevo 24 horas de un apollardamiento absoluto. 24 horas luciendo esa media sonrisilla permanente que sólo te deja un buen beso o una embolia cerebral. Así ando. O…. así floto. Leo al Ariel de ayer y me río un poco de mí mismo. Joder, qué subidón…Hace un rato le decía a Teo que lo malo de la certeza absoluta en cuestión de amores es precisamente el absolutismo de esa certeza. El no tener escapatoria posible y encima no desearla. El volverte pulgarcito metido para siempre en el bolsillo del pantalón de alguien. Darte cuenta de eso acojona que no veas, y sin embargo… por favor… yo quiero morirme de unas cuantas sensaciones de estas ¿eh? Unos cuantos cincos de febrero metidos en vena. Así… a mogollón.

Aunque… claro… mejor excluyendo lo de volcarle el café sobre los papeles de trabajo… lo de tirarle el bourbon sobre la mesa… lo de desollarme el dedo gordo con el cactus… lo de mancharle el parquet de ginebra… lo de tropezar veinte veces con las borriquetas… lo del ataque de tos con el porro… lo de equivocarme de portal… lo de tener que recolocarme la churra cada cinco minutos con gesto de camionero…

Vale, lo reconozco. Es un jodido milagro que a estas alturas aún me quiera a su lado. Mejor ni lo pienso.

He llevado a Ana a patinar sobre hielo. Se supone que tenía que enseñarla a manejarse un poco con los patines, pero no hemos dado pie con bola. Los típicos pedorros que patinan hacia atrás y giran en arabescos imposibles a tu lado, mientras tú te agarras a la valla hasta con los dientes, nos han dado por saco durante las veinte vueltas. Ana perdía constantemente el equilibrio e intentaba ayudarse de mí. Y yo, con mi sonrisa embólica, no hacía más que pensar en besos, así que los patines, el hielo, los pedorros y la pobre Ana cayéndose me la refanfinflaban de una manera absoluta.

También es un milagro que ninguno de los dos hayamos terminado tallando el hielo con el tabique nasal.