Vivo en un disco de canciones ñoñas

Bueno, pues él me coge la cara con las manos, me besa y me dice: “Oye… ya no escribes ¿no?.” Y yo me cortocircuito y salgo de su casa pensando “Tengo que escribir. Tengo que escribir sin falta. Hoy. Hoy escribo.” Y lo peor es que si me lo hubiera dicho cualquier otro, yo me habría encogido de hombros y habría respondido “Pues no, no escribo. No tengo tiempo, mira.” Pero… me lo dice él y ¡craj! se me aprietan las tuercas, se me colocan las pilas y hala…. p’alante.

Sigo pensando que el día que le dé por ponerse una túnica y pedirme que me autoinmole para viajar con él en la cola del cometa Spurnio a una dimensión extraterrestre, la habré cagado pero bien.

Bueno, ahora los días son distintos para mí. Distintos y cojonudos. Hago todo muy rápidamente y paso la jornada laboral mirando el reloj y esperando a que den las seis, para salir a toda velocidad hasta su casa. Por el camino compro cosas de las que le molan. Sandwiches de Rodilla con queso y pasas de oporto. Pipas de calabaza con chocolate negro. Cervezas coronita. Magdalenas. Yo le digo “¿qué quieres que te lleve?” y él responde “a ti”, así que cada día, voy improvisando. Luego nos besamos en el sofá, mientras su gato Takhesi se esconde y me bufa desde algún rincón. Ya nos salen los besos de amor, porque en esta vida todo es práctica. Veinte minutos de besos. Treinta. Treinta y cinco. El tiempo de que disponga hasta tener que salir de nuevo volando hasta la facultad a suspender algún examen (cuando recobre el juicio y vea las notas, creo que no necesitaré cometas spurnios para la autoinmolación. Directamente me quemaré a lo bonzo en la cafetería, entre pinchos de tortilla y partiditas de mus). Luego vuelvo a casa y disfruto con expresión de fumeta colgao, de los rastros de su olor que quedan en el cuello de mi camiseta.

Me siento raro. Como viviendo una especie de luna de miel donde los defectos fueran… no sé… imperceptibles. O transparentes. No sé explicar la sensación. De pronto lo que era gris verde pedo se ha vuelto azul intenso. Y yo ahí enmedio. Dejándome besar y apartar el pelo de los ojos. Tumbado en un sofá y apretado entre los brazos con los que llevo soñando cinco años.

(espacio para gritito idiota de cowboy tipo woo-woo-yipi-yipi-yeyyyyy)

Bueno. Debo decir que mi azul intenso no es tan azul, ni tan intenso para el pobre gato de J. Por ahora, directamente me odia. Yo me acerco a él de buen rollito con expresión de “hey… tranquilo… soy Ariel, el amigo de los gatos… ” y él me la devuelve en plan “Tú lo que eres es un gilipollas. Largo o te cruzo un huevo.”

En fínnnnnn… Da igual. ¿No he dicho que en esta vida todo es práctica?