A mí no me gusta mucho ser yo

Me he vuelto a cortar el pelo. Hace exactamente un mes y diez días que me lo corté por última vez. No entiendo lo que pasa con mi cabeza. Los tios a mi alrededor se cortan el pelo cada tres meses y siempre van bien. A mí directamente me crece en el trayecto de vuelta de la peluquería a casa. En cuanto pasan dos semanas, ya parezco un perro de aguas. Es una mierda. Me dan igual las charlas que me mete J. sobre los traumas e inconvenientes de la calvicie prematura. Daría el huevo izquierdo por tener un 75% menos de pelo. O un 75% de pelo liso. Algo que se pudiera dominar con espuma y un peine, como los pelos normales del mundo mundial. Estoy convencido de que en alguna parte del interior de mi cuerpo hay apretado un botón con un letrero que dice: “No pulsar. Peligro inminente de cabezón imposible”.

Ahora me miro en el espejo, debajo del peinado raro que me dejan siempre, y no me reconozco. Vuelvo a ser algo incongruente, como un monaguillo libidinoso o un rapero catequista. En cuanto ponga el punto y final a esta entrada me meteré en la ducha y me rebozaré de champús hasta que el del espejo vuelva a ser yo. Me empieza a entrar el pánico inútil de pensar que el “peinado-bellota” me dure hasta mañana y J. se descojone a mi costa en cuanto me vea. Es un experto en ese tipo de cosas. Ayer me llamó “joven Einstein” con un chorrito de risa, mientras yo intentaba colocarme las greñas dentro del gorro. Me lo he apuntado mentalmente en mi archivo histórico para matarle algún día, cuando se me pase un poco el apollardamiento sexual que tengo.

De todas formas, por si lo del champú no funcionara, creo que intentaré llevarle algo que distraiga por completo su atención de mi cabeza. No sé… unos muffins de chocolate… alguna revista de cine… un tiranosaurio rex…