Malos tiempos para la lírica

Tontería absoluta la que tengo estos días. Lágrimas sin ton ni son. Me salpico de barro y lloro. Me olvido los apuntes en casa y lloro. Alguien mata a un perro a 5000 kilómetros de aquí y lloro. Kilos de tristeza injustificada y un pobre J. preguntándose todo el tiempo “¿qué te pasa? ¿qué he dicho? ¿qué he hecho?”.
No puedo evitar pensar en mi madre y en sus ataques de melancolía. No puedo evitar pensar en que quizá yo también me esté volviendo un pirado, como ella. Ojalá estuviera vivo alguien que la conociera y que pudiera decirme “tranquilo, chaval, esto no tiene nada que ver, a ti no te va a pasar lo mismo…”
Lo único que me consuela es pensar que ella no era consciente de su locura, ni se daba cuenta de que su tristeza no tenía motivo. Yo soy consciente de ello y todavía me controlo. Por ahora, en el autocontrol está la diferencia entre la locura y la sensatez. Pero estoy asustado, claro. Lo único que no estoy preparado para perder es la cabeza. Sin lo demás podría vivir. Sin poder pensar, no.

Creo que mi padre debe estar riéndose con ganas a mi costa, desde su tumba. Le encantaban estos terrores míos sobre la locura de mi madre. Me cogía la cara con las dos manos y decía: “la misma nariz… la misma boca… la misma sonrisa… los mismos ojos de puto pirado… ¡no te escapas, chaval!”

Antes me he sorprendido a mí mismo poniéndome dos dedos de bourbon para sacudirme la melancolía. Me he autoinsultado un rato, y luego lo he tirado por el desagüe. Está claro que si no me persiguen los genes de mi madre, desde luego, están dispuestos a hacerlo los de mi padre.