Esto y nada más

Ayer fuí a mi tienda favorita a comprarme una mochila que no lograba encontrar por ningún lado. Mi tienda favorita hace esquina justo enfrente de los arcos de Moncloa y tiene paredes enteras hasta arriba, llenas de tesoros para mirar y tocar. Es una de esas tiendas que te enganchan los ojos desde la calle y de las que nunca sales sin comprar algo. Una tienda de Ali Babá.

No había mochilas, pero compré una bolsa bandolera que me valdrá igual. Tiene serigrafiada la cara de Woody Allen y una inscripción que dice “Thinkin’ about sex”. Supongo que mi jefe morirá un poco mañana cuando me la vea en la oficina, pero a estas alturas de zapatillas converse y camisetas del pato lucas, ya poco me afecta. Lo único que me importa es llevar las manos libres. Soy muy maniático con lo de llevar las manos libres. Por eso no tengo paraguas ni me compro periódicos. Soy como los bebés. Si tengo algo en las manos, hay un 99% de posibilidades de que lo pierda o lo haga volar en un ataque de agobio. Un día de estos haré una lista de obsesiones idiotas de Ariel. Lo de las manos libres será la primera, y lo de pisarme el bajo de los pantalones, la última. Entremedias pondré los gatos pelirrojos, las ventanas cerradas, las multitudes, el viento, los paraguas, el olor a manzanilla, las chicas con las uñas pintadas…

He ido a llevar muffins de chocolate a J. Mientras él hablaba por teléfono con un cliente, he estado tocándole un poco las pelotas a Takhesi. Sigue sin salir de debajo de la banqueta. Se queda ahí quietecito y me dedica todo tipo de ruidos amenazadores cada vez que me acerco. Sssssssh… Sssssssh… ññññññggg… Aún así, el pobre no da nada de miedo, porque tiene los ojos más bonitos del mundo. Me gustaría poder asustarme y que él se saliera con la suya en su papel de gato terrible y amenazador, pero… lo veo difícil. Para mí es como si me bufara un peluche del rey león. Creo que hasta una suricata me impondría más respeto.

J. dice que yo soy igual que Takhesi porque también me asusto y me escondo de los extraños. Es cierto. Si sonara el timbre cuando estoy allí, también me molaría esconderme debajo de una banqueta hasta que se fuera la visita de turno. Presté mucha atención al tono del voz de J. cuando me lo decía porque no estaba seguro de si era una queja, pero lo dijo divertido y casi con ternura, así que por ahora seguiré siendo ratón de campo y buscando escondites.

Mola estar en esa franja de la relación en la que todo defecto nunca es tal.