El hombre indefenso

Me he comprado unos zapatos que no me pegan nada. Unos zapatos de niño bien. De esos de ante beige, con cordoncitos finos y puntera pedorra. De los que uno se pondría para pasear por el puerto hasta el yate de papuchi.

Miguel ha flipado un poco al verlos. Los ha señalado con los ojos muy abiertos y ha dicho: “Son para ponértelos… ¿con?”. Yo, muy digno, he contestado: “Con los vaqueros.” Y él ha soltado una risita y ha dicho: “ya…¿los rotos o los sucios?” Podríamos llamarlo como definir a Ariel en dos palabras. O roto, o sucio. Y ahí me hubiera hecho falta un J. masajeándome el cuello y diciendo “qué tontería, pero si tú vales una jartá…”

Bueno, lo de jartá más bien lo diría yo. Él diría “eres lo mejor”, porque siempre habla como un locutor de radio sexy y enrollado. De los que pueden provocarte un orgasmo sólo preguntándote qué has comido al mediodía.

Se me empieza a poner el morro superior como a Angelina Jolie. Y palpita un poco. tic-tic-tic… Estoy castigado sin besos, sin mordiscos, sin palomitas con sal, sin mamaditas… El médico del trabajo me ha dicho que el herpes labial suele salir por stress. Eso es lo que ha dicho, porque en realidad, lo que estaba pensando es “a saber dónde habrás metido tú la boca…”

Hoy no he dado saltos de Roger Rabbit. No he ido a correr. Me he limitado a comprarme chocolate negro y zapatos pijos. A lo mejor así hago una regresión de stress y vuelvo a tener la boca como antes. Deshinchada, sosa y útil.