Cuando lo he escrito, faltaban cuatro

Ya tengo un labio normal, de los de toda la vida. Ya puedo volver a decir Vladimir vuelve a blindar los blinis sin que me sangre la boca como a un cochinillo. Otorgaré minimedallas al valor a todos mis glóbulos blancos. Y ya podré dar besos, mordiscos y mamaditas.

Ya… ya lo sé. Dicho así parece que los fuera a repartir por el metro.

Me han utilizado de conejillo de indias para el curso que han dado hoy de peluquerías Antonio Durán. Un señor con aspecto de porqueyolovalgo ha venido con mi jefe hasta mi sitio y ha dicho «¿te importaría ayudarnos para unas fotos de peluquería?» y yo, que creía que me iban a pedir que sujetara el foco o algo similar, he puesto mucho entusiasmo en decir «puesclaroquesí-faltaríamás», para después quedarme semicomatoso cuando he oído aquello de «estupendo, será poco tiempo, sólo un corte sencillo y algo de color quizá…»

He pasado los minutos más terribles de mi vida mientras caminaba hacia el ascensor que baja a las aulas. He imaginado las escenas más espeluznantes que podía generar mi imaginación enfermiza. Tintes Tony Genil. Cortes Barry Gibb. Alisados Marilyn Manson. Mezclas psicopáticas de las tres cosas juntas. Pensándolo bien, es un milagro que haya llegado a mi destino con algún pelo vivo y en su sitio. Pero bueno… ya ha pasado todo y no soy Tony Genil, ni Barry Gibb, ni Marilyn Manson. Soy el hermano feo de Brad Pitt haciendo la segunda parte de Un año en el Tibet.

Vale, sí… podía haber sido peor. Lo sé, lo sé.

Dentro de cuatro horas, veré a J. Cuatro. Justo el tiempo de que dispongo para ver cómo logro meter la cabeza debajo del grifo del lavabo para quitarme esta pinta de holandés borracho en su segunda semana de vacaciones en Benidorm.