Nunca me aprendí las fiestas de Semana Santa

Miguel ha venido con la moto a mediodía para comer conmigo. Llovía y hacía un frío del carajo. Hemos tenido verdaderas tentaciones de meter los pies en la sopa miso después de conducir hasta el japo. Se ha reído mucho viendo mis esfuerzos por embutir las greñas en el casco. Me ha preguntado por qué no usaba espuma para domar el pelo. Le he dicho que ya me la ponía, pero que justamente hoy estaba evolucionando en Supersaiyajin 2(*). Se ha descojonado con la chorrada. Si se lo hubiera contado a Ana, probablemente me habría dicho «¿en superqué?» y yo me hubiera sentido como un freaki pasado de moda y fuera de contexto.

Me gusta una chica de prácticas. No sé qué demonios me pasa últimamente con las chicas de prácticas. Afortunadamente esta no es de mi departamento. Está arriba, en audiovisuales, junto a la máquina de las bebidas. En las últimas seis horas, he tragado más cafeína que en toda mi vida. Ójala hubiera coincidido con alguna promoción de cocacola tipo «envíe 250 anillas y gane un avestruz». En dos días habría podido montar mi propia granja. Tchsk… maldita primavera…

No sé exactamente por qué me gusta esta. O sí. Tiene el pelo muy corto y azul, medias rayadas de colores y botas doc martens moradas. Es una de esas chicas que se visten sin espejo, sin luz y sin que les importe. De esas que sabes que nunca llevan bolsito con maquillajes, ni politonos de Pitingo en el móvil. Una de las que molan. De las diferentes. Y como en el el ecosistema de mujeres de mi empresa, ser hembra y diferente, es un pasaporte para morir en la hoguera, cuando vuelva el elenco femenino de vacaciones, probablemente la despellejen viva. Forman el enemigo más implacable, feroz y despiadado que ni el mismo Sun Tzu pudiera imaginar. En un par de días, mi chica azul estará llorando en algún pasillo, lo sé. Así que tendré que hacer algo para distraer la atención de las demás sobre ella. Como por ejemplo… no sé… ir a trabajar en pantuflas o… declararme zoofílico. Algo se me ocurrirá de aquí al lunes.

Mañana se lo contaré a J. para que sonría y me diga eso de «Cada vez te gustan más las chicas, Ariel…»

En realidad, lo que cada vez me gusta más es él. Estoy llegando a unos niveles sorprendentes. Hasta el punto de excitarme sexualmente sólo por pisar su acera. Hasta el punto de echarle en falta diez minutos después de habernos despedido. Mi termómetro de gilipollez me tiene permanentemente asombrado.

Tchsk… maldita primavera…


(*) mírese algún episodio de Dragon Ball