Noches de blanco ñi-ñi-ñi

No me sé las fiestas de Semana Santa. Ya no sé si esto es viernes santo o… de pasión… o de ramos… o de resurrección o… de pollas en vinagre. Me hago un follón. Igual que los cepillos de dientes de nuestro baño. Cuando las cosas me lían, me lían para siempre.

J. anda enfurruñado. Yo me debato entre ayudarle o mantenerme a una distancia anímica prudencial. Sobre todo porque cuando J. se enfurruña no hay quien le ayude. Mh.. reconozco que eso le da un toque sexy, pero también apetece matarle un poquito de vez en cuando. Sólo un poquito.

Tequila va por su cuarto o quinto celo. No duermo de un tirón desde hace días. Voy a operarla cuando pase su ciclo de celos primaverales, si es que lo pasa. Mientras tanto, me deslizo como un fantasma entre sus noches de ñiiiii-ñiiii-ñiiii… y hago mi propia penitencia. Sería estupendo si al menos maullara como un gato normal de los de toda la vida. El chirridito que suelta es muy desasosegante. Como de otra dimensión.
Me ha arañado un ojo escarbando con la garrita entre el edredón y los pelos que me asomaban por debajo. Otro apunte mental: no taparme la cara cuando duermo si quiero seguir mirando en estéreo. Nunca hay que subestimar la curiosidad de un gato sobre lo que asoma debajo de algo.
Me ha hecho un daño de mil demonios pero no me ha dejado marca. Mala suerte. No podré darle penita a J. en su ciclo de enfurruño. Por que si hubiera tenido cicatriz, le habría dicho “mira lo que me ha hecho Tequila…” y él me habría abrazado-mecido y me habría dicho “joder, joder, pobrecito… ¿te duele?”. Pero como no tengo cicatriz, sólo diré “Tequila me ha arañado un ojo” y él responderá “¿por qué? ¿qué le has hecho esta vez?”