Y halayá

Hoy he hecho el examen. Para mi sorpresa, ha resultado ser fácil y rapidito, así que he sido el primero en entregarlo. La chica que tenía a mi izquierda me ha lanzado una miradita de asco cuando me levantaba. Una de esas en plan “mira el listo este…”
La verdad es que me habían pintado lo del examen como un monstruo de siete cabezas, así que creo que al final he dedicado a empollar los test más tiempo del que hubiera sido necesario. Los seres humanos nos ponemos muy dramáticos a la hora de contar las cosas. Yo hubiera agradecido alguien sincero que me dijera “que sepas que lo del examen teórico es una soplapollez…” en lugar de los veintitantos que me han dicho “Es horrible… fulanita suspendió ocho veces… te ponen trampas para que falles… apenas te dan tiempo…”
Claro, así al final he ido esperando preguntas espantosas del tipo “si usted circula por la autopista de arcen inferior a 1 m. pavimentado, con un remolque de menos de 3.500 kg. y un menor de doce años desangrándose en el asiento delantero, ¿qué velocidad no podrá superar si ha realizado una parada de dos minutos tras cruzar un poblado con una luz de cruce fundida?”

Pero no. Más bien ha sido:
“¿Se le quita el casco a un motorista accidentado?”
A. No
B. Sí, pero después de darle un par de patadas para ver si se mueve.

Y así, más o menos todo.

Luego he ido a casa de Jesús a comer. He llevado conmigo dos menús bigmac con sus correspondientes kilos de patatas fritas grasientas y sus dos helados sandy con chocolate. Pobre J. Ha mirado la bolsa de papel como quien mira un íncubo. Le ha faltado hacerme la señal de la cruz o salpicarme con agua bendita. Él, que sólo toma azúcar moreno y se empolla hasta la lista de conservantes de la horchata chufi, zampando comida basura.

Creo que soy una mala compañía para los sistemas digestivos del mundo mundial.