No me sale el color que tiene en los ojos

Qué mal escribo por las noches… Es como para darme con la mano abierta. Se me debe ir espesando la cabeza a medida que avanza el día y claro… cuando me siento al ordenador a las ocho, ya en vez de cabeza tengo puré de patata. Resulta complicado que de un puré de patata salgan frases bien construídas.

Bueno, no tengo los huevos como dos pasas de corinto, así que sigo siendo un chico afortunado con gónadas normales de las de toda la vida. Aleluya, aleluya y pan de madagascar. Y además he aprobado el examen teórico del otro día. Más aleluya, aleluya, etc. La semana que viene empiezo a circular. Que el demoño se apiade del alma de todo aquel que se cruce en mi camino. Mi experiencia de motorista me precede. Cada vez que salgo a la calle, las farolas se apartan un poquito.

Vuelve a llover en Madrid. Hace años, la lluvia me ponía triste. Siempre calaba por las junturas de la única ventana que teníamos y resbalaba hasta el colchón que nos hacía de cama. Nicolás ocupaba el colchón por el día y yo por las noches, pero cuando llovía era como acostarse en una esponja, así que no lográbamos dormir ninguno de los dos. Los días de lluvia, él los pasaba dando golpes furiosos a las cosas y yo quitándome de enmedio. Supongo que ese era el motivo por el que la lluvia me ponía triste. Siempre suponía malos presagios.
Recuerdo haber dormido una tarde de tormenta en los sillones de plástico que había a la entrada en el portal. Recuerdo a un señor con bigote blanco despertándome y diciendo «Eh chico, que te va a reñir tu madre, sube para casa.» Recuerdo a una mujer que iba de su brazo, diciendo «Si es que ahora no duermen, con tanta televisión…»

Vuelvo a escribir los diarios. Tengo que pedirle a J. que me ayude porque quiero agruparlos en una sola sección de este blog para que puedan leerse juntos, y no sé si se puede hacer sin tener que meter tags. Hace siglos que no le doy la vara a J. con lo de las plantillas. Me da un cargo de conciencia que antes no me daba. No sé por qué. O sí. Es porque ahora miro sus ojos de agotamiento cuando dan las siete y media. No apetece cargarle con mis chorradas. Apetece buscarle la risa y servirle un jack daniels con hielo. Apetece abrazarle y vaciarle el pensamiento de todo lo que suponga programar-trabajo-webs-ordenadores… Arieles dando la murga…

He releído las cartas que me escribía mientras yo hacía el tonto con Paco. Me he puesto muy ñoño. Son increíbles. Sinceras y bonitas. Por aquel entonces yo no podía creer que me quisiera. Me fascinaba la carga incondicional de su amor. Hay que ser todo un héroe para quererme a mí, soy un laberinto complicado. Todos los que se me han quedado por el camino lo saben. Afortunadamente, para cada laberinto siempre hay alguien con la perseverancia suficiente como para convertirse en Teseo.

Afortunadamente.