Y una…

Hoy he dado mi primera clase de conducir. Saber dónde están los intermitentes, las luces, los limpiaparabrisas, las marchas y algunos botones chorras más, me ha costado 27 euros, así que he puesto muuuuuucha atención en aprendérmelos bien, bien, bien.

Como todo lo que intento aprender bien-bien-bien se me va de la cabeza diez minutos después, mañana probablemente gaste 27 euros más en avisar de un giro a la izquierda con el limpiaparabrisas y cambiar de segunda a tercera con el botón del aire acondicionado. Pero no importa. Aún me quedarán nueve clases promocionales para terminar de cagarla. Luego gastaré diez más de mi bolsillo para perfeccionar y… que san críspulo mondongo me proteja para lo que quiera que venga a continuación.

Mi profesor tiene un aspecto un poco temible. Como de psicópata simpático, de esos que tranquilamente se hacen un chaleco con tus intestinos mientras llaman a su abuelita para felicitarla el cumpleaños. Al decirle que era motorista me ha lanzado una mirada de rencor que me ha erizado un poquito las cejas. Con voz lúgubre ha preguntado: “¿de los que se estrellan o de los otros?” Yo me he dado mucha prisa en responder: “De los otros, de los otros…”

Sé que no está bien mentirle a un profesor en el primer día de clase, pero mientras él controle el otro juego de pedales, voy a intentar caerle lo mejor posible. Siento un cariño especial por mis incisivos superiores. No es cuestión de andar dejándomelos a estas alturas, clavados en el salpicadero de un vulgar nissan almera.

Vale, sí… no debería bromear sobre eso. Sobre todo porque mañana me toca a mí llevar el volante.