Amores, zorros, cannabis…

Últimamente tengo momentos tan bonitos que casi no me parecen míos. Y no soy capaz de demostrarlos, ni de hacerles los honores suficientes. Quiero decir… me dió el beso más bonito del mundo en el camino de las dehesas, cuando bajábamos hacia la estación. Sin venir a cuento, yo me paré a ver si venía alguien y él me dió el beso más bonito del mundo. Y no hubo banda sonora, ni grandes aspavientos, ni un segundo que se parara en mitad del microcosmos. Simplemente sucedió y nisiquiera tuve el detalle de decírselo. Nisiquiera eso. Nisiquiera un «que sepas que nunca me habían dado un beso como este». Nada. Él continuó bajando y hablando sobre la leyenda de la ciudad sin nombre, mientras a mí se me hacía el corazón algo más grande.

Decidimos olvidarnos de la cena en el Naomi y pasar el resto de su día de cumpleaños tirados en el sofá viendo Fantastic Mr. Fox. Era de esperar. Nos habíamos comido un space cake, bebido un par de cervezas y fumado dos petas algo cargaditos. A esas alturas el mundo nos parecía perfecto tal y como estaba. No había necesidad de hacer nada más allá de retozar, reir, y mirar la pantalla de vez en cuando.

A partir de ahora siempre recordaré Fantastic Mr. Fox como una película mitad animación, mitad neblina, mitad sexo. Y me gustó tanto la mezcla, que ya no quiero volver a verla (incluso aunque me perdí la mitad del desenlace) porque estoy convencido de que jamás será capaz de gustarme tanto como me gustó anteayer. Imposible.

A lo mejor no fue el cannabis. A lo mejor es cierto que, simplemente, el mundo era perfecto tal y como estaba en ese instante.