Semanas de empatatamiento

Últimamente cuando termino la jornada estoy cansado o triste. Y los dos son malos calificativos para escribir. Así que últimamente tengo un diarioblog un poco mudo. Menos hoy. Hoy me pongo el cansanciopena por montera y me siento al ordenador. Al fin y al cabo hay fútbol, y esa es la segunda cosa que menos me importa de las cosas que más importan a los demás.

Vengo de ver a Teo. Se deja morir. No quiere comer. No quiere levantarse. No quiere abrir las ventanas. No quiere lavarse. No quiere oirme. Dice que sólo hay dolor y cansancio. Recuerdo los días en los que sólo había dolor y cansancio, pero yo me aupaba lo que hiciera falta, para mirar más allá. Él pasa. Creo que no tiene ninguna esperanza en el futuro. No sé por qué yo siempre tengo la esperanza abierta 24h. al día, siete días a la semana. A lo mejor es porque voy un par de pasos más corto que los demás. Da igual. Sigo prefiriendo pelear. El día que haya una hecatombe nuclear a mí me va a pillar escarbando un refugio antirradiaciones con una cucharilla de yogur. Lo sé. Me cuesta mucho lo de rendirme, vaya usted a saber por qué.

No sé qué hacer con Teo. No sé cómo tirar de él. Quería hablar con Jesús de eso, antes cuando he ido a verle, pero siempre me desconcentro cuando le tengo delante. Son esos ojos color semilla de marihuana que tiene. Me emboban. Solo me apetece el acurruque, el café y reirme de sus gansadas. Si tuviera que hacer lo de la hecatombe, el refugio y la cucharilla con Jesús delante, mis probabilidades de terminar siendo un montoncito de ceniza rubia aumentarían un 105% Será mejor que cuando llegue el fin del mundo, le deje debajo de una mantita térmica hasta que termine de construir lo que sea menester.

Mis probabilidades de escribir gilipolleces también aumentan un 105% cuando el reloj pasa de las nueve. Es el efecto «puré de patata mental».

He cambiado el profesor de coches. El nuevo es mucho más serio, mucho menos divertido y mucho más profesional. Creo que por fin estoy aprendiendo algo. Ayer me dijo que había cogido lo del embrague muy rápido y que no se me iba a dar mal conducir. No olía a alcohol ni nada cuando lo decía, así que ahora estoy cantidad de esperanzado. Si logro dejar de comerme los bordillos madrileños, de aquí a julio soy el rey de la autopista. O por lo menos el príncipe. O… el regente.

Vale. El bufón.