Soy fuerte y positivo. Soy quien da la palmada en la espalda y dice que todo irá bien. Quien templa y quien calma. Quien intenta sacar la visión luminosa de la cosas y cuando no la hay, se la inventa. Soy el de los saltos y la risa idiota. El que intenta trivializar los problemas más terribles.

Y como soy ese tío, sucede que el mundo de mi alrededor se acostumbra a que ese sea mi papel. Y se acostumbra tanto, que ya nisiquiera se me permite ningún otro. No puedo estar nervioso. Ni triste. Ni estresado. No necesito calor, ni consuelos, ni una visión falsamente positiva de las cosas. No necesito una mentira piadosa de las que curan. No necesito que nadie tire de mí. Para nada. Al contrario. Cuando mis problemas de fondo me pesen tanto que ya no aguante, incluso se cabrearán conmigo y me dirán «pero bueno ¿qué te pasa? ¿a qué viene esto ahora?»

De vez en cuando, sólo de vez en cuando, me gustaría dejar de ser la puta locomotora y circular aunque sólo fueran diez putos metros, como vagón de carga. De vez en cuando, molaría que alguien se molestara en tirar de mí. De vez en cuando. Porque después de tantos años… de tantas personas… y de unas cuantas relaciones… todavía no he encontrado a nadie que lo haga. Nadie. En ningún momento. Jamás.

Por el contrario, de vagones de carga tengo un currículum aterradoramente impresionante.

Y el conjunto de lo que acabo de escribir no es más que una forma poética de decir que a la puta mierda todo.