Estoy en un starbuck de algún sitio. No sé bien de cual, porque me he limitado a andar, andar y andar, como un zombie y no sé bien dónde he llegado a parar. Cuando la correa del portátil ya se me clavaba en el hombro, he parado. Aquí he parado. En nosedónde de nosequémomento.

He salido del hospital como una flecha, en cuanto el médico ha dicho la última palabra. Como los cobardes. No he sido fuerte, ni positivo. Sólo he salido corriendo. Allí se ha quedado su tía y su hermano. Supongo que en estos momentos se preguntarán dónde demonios estoy. No he podido hacer nada coherente. Sólo caminar compulsivamente, sentarme aquí, llamar a un compañero y avisar de que no iré mañana a trabajar. Sólo eso.

Se muere. Lo dije. Sé de donde me venía la certeza. He visto a otros consumirse como se está consumiendo él. Como un conejo, acurrucado sobre sí mismo. Con los ojos perdidos entre sueños y dolores. Estoy harto de ver a otros en esa misma posición. La posición que adoptas cuando ya te han ganado. Cuando ya no hay nada que hacer.

Hoy se le han colapsado los riñones. Ahora todo será una cadena. Colon, riñones, hígado, corazón… Sé lo que viene. Todo esto me lo sé. Supongo que por eso he salido corriendo. No quería escuchar esa frase que ya estaba soltando el médico. La famosa frase: «Ya se ha hecho todo lo que se podía hacer».

Se muere. Antes que yo. Antes de que llegue el verano.

No sé qué hacer ahora. No sé qué hacer cuando venga el camarero a decirme que cierran. He dejado el raciocinio por algún lado entre allí y aquí. Ya no puedo pensar.