Ya sólo esperamos. Ya sólo espero. Me tumbo en el sofá de plástico, junto a su cama, enciendo el portátil y veo películas. De vez en cuando me levanto y le miro un rato. Vigilo su respiración. Sé que en algún momento miraremos y se habrá parado. Mientras tanto, sólo esperamos. No queda más.
A veces hablo con él. Le cuento chorradas sobre las películas que veo. “Mira, es este actor ¿te acuerdas? siempre decías que parecía un ratón…” Como si pudiera entenderme o contestarme. Suelto grandes parrafadas y preguntas al aire, que se mezclan con el sonido de su respiración. De su pecho arriba y abajo. Y nada más.
Estoy tranquilo. Lo bueno de las esperas es que tienes tiempo de asumir. De llorar, de maldecir, de resignarte… Tienes tiempo de todo. Ahora sólo quiero que termine cuanto antes, porque sé que debajo de toda la morfina y la medicación que le tiene prácticamente en coma, hay sufrimiento físico. Un organismo que tira a duras penas. Riñones que no funcionan, hígado con metástasis, intestino paralizado… Como si cada bombeo de corazón ya no tuviera ningún sentido.
Sé que vendrá lo peor. Lo de meter sus cosas en bolsas y vaciar su apartamento. Cuando murió mi hermano me mantuve en estado de shock hasta que alguien empezó a desclavar sus dibujos de la pared. Ahora espero algo similar, con el agravante de que esta vez, yo mismo estaré llenando bolsas de ropa, zapatos, agendas, libros, películas, recuerdos, fotos, vida… Le he pedido marihuana a J. “Necesito dos o tres petas. Uno para el entierro, otro para el tanatorio y otro para recoger sus cosas.” Me ha dicho: “Estaré contigo, si quieres.” Claro que quiero. El hombre que no aguanta ningún problema, resulta que es perfectamente válido para aguantar los míos. Me sostiene. Quién me lo iba a decir. Me está bien empleado, por bocachancla.

Ayer abracé a su tía mientras lloraba, en el pasillo. Me pareció que debía advertirles lo de la maría, así que le dije “llevaré un porro al tanatorio, señora. Si quiere probarlo por primera vez, ese será el momento perfecto.” Al segundo me arrepentí de haberlo dicho. Tiene setenta años. Como le dé una bajada de tensión se me queda frita allí mismo, entre coronas. Su hermano puso cara de flipe. Me dijo: “¿En serio vas a llevarlo? ¿y de dónde lo vas a sacar?” Me pareció la pregunta más tonta del mundo, así que contesté: “Del carrefour. De la sección de zumos, lácteos y colocones”. Los tres nos quedamos un segundo callados y luego rompimos en una carcajada. Las enfermeras nos miraron con extrañeza. Carcajada con lágrimas. Así de locos andamos todos.

Bueno. Sigo sirviendo como payaso de desgracias. Algo es algo.