He venido a recoger sus álbumes de fotos. Me lo ha pedido su tía. Estoy mirándome cara a cara con su gato pelirrojo. Es bastante feo. De esos narigudos. Y no me soporta. Se frota contra mis piernas y después bufa y me araña los tobillos. No sé por qué hace eso, yo nisiquiera le toco, ni hago por dónde. Creo que anda un poco esquizofrénico, como todos. Supongo que lo echará de menos y que yo no soy él. Le tengo que decir a su tía que lo castre. No tiene sentido tener un macho de seis años con tan mala uva y sin castrar. Todo el apartamento huele a pis de gato y medicamento.
Tequila vuelve a estar en celo. Pobrecilla. Con tanto trajín me he olvidado de ella. Entre celos y noches de hospital, llevo cerca de una semana sin dormir tres horas seguidas. Cuando todo esto haya pasado, me iré a casa de J., me daré una ducha calentita, me tomaré un colacao y caeré en coma todas las horas que me sean posibles, mientras él tecletea en su ordenador.
No sé por qué pero duermo muy bien en su cama. Creo que me da alguna especie de seguridad oirle en la otra habitación. A lo mejor es la sensación de tener centinela que vigila tu sueño. Una especie de rito atávico de cuando había que turnarse las noches en las cavernas para que no te descoyuntara un mamut, o algo así.

Je… se nota que me falta sueño, sí…

Teo sigue igual. La cara se le deforma, es muy extraño. Tengo la sensación de que lo que hay en la cama, ya no es él. Le han puesto oxígeno para que la respiración fuera más suave. Aún así es como un fuelle entrecortado arriba y abajo.

Deseo que todo termine. Cerrar la puerta para poder abrir bien las ventanas.