He aguantado el tipo lo mejor que he podido. Me tocaba. Su tía lloraba, su hermano lloraba, los amigos estaban destrozados… Yo sólo le imaginaba detrás de mí, diciéndome «Tú aguanta, enano. Te toca aguantar o aquí nos vamos todos la mierda.» Así que yo aguantaba. Sostenía, firmaba papeles, tomaba decisiones, estrechaba manos… Y de vez en cuando me escondía en el cementerio pequeño que había al lado para dar dos caladas profundas de marihuana y volver de nuevo al escenario. Resistí. Sin llorar, sin maldecir, sin gritar y sin descomponerme. Sé que me habría dado dos collejas si lo hubiera hecho. Siempre decíamos que lo mejor era un entierro a la italiana. Alcohol, música y alegría por los buenos recuerdos que se dejan. Claro que cuando lo decíamos, ambos pensábamos que sería él el que me enterrara a mí y no al contrario. Muy curiosa la vida. Muy curiosos los hombres que aún pensamos que podemos manejarla o preveerla.

El concepto de despedida de difuntos que tenemos los españoles no ayuda nada a pasar el trago. Menudo teatro. Menudo kistch. Cuánta gilipollez. Cuando me asomé al cristal del tanatorio la primera vez, tuve que clavarme las uñas para no caer de rodillas. Cojones… aquello parecía el mausoleo de Estrellita Castro. Esos cuatro pedazos de velones… esas coronas gigantescas con esos cintones de lazos… esa sabanita de raso con puñetas rodeándole la cara… ese pedazo de crucifijo dorado a su espalda (y eso habiendo sido específicos en que no queríamos símbolos religiosos). Vaya, que… para romperte el alma en cuatro trozos y sufrir como un cabrón con la muerte, los católicos son la polla. Se apañan como nadie para joderte todo lo posible el momento.

Le dije a su hermano «él no querría oficio religioso, lo sabes…» Su hermano miró a los amigos que esperaban alrededor y me dijo «Lo sé, pero es que la gente… » Yo le dije «Mateo, piensa lo que él hubiera querido hacer y hazlo.» y él me respondió «No tengo fuerzas, Ari. Hazlo tú.» Así que… esos fueron los últimos momentos. Yo, como una azafata de easyjet, señalando las puertas y diciendo «señores-señoras gracias por venir, esto se ha acabado – etc.etc.etc.» Y las cuatro señoras mayores que había (que dicho sea de paso, no tengo ni idea de quiénes eran) mirándome con cara de «que sepáis que vais a ir todos al infierno…»

Se hubiera descojonado de mí. Eso seguro.

Anoche, a toro pasado, salimos a cenar al hollywood foster. Y una vez allí, delante de mi plato de fajitas, me puse a pensar en las veces que había ido allí con él y en los nachos con queso que siempre solía pedir. Y caí en la cuenta que ya nunca jamás podría volver a estar allí, conmigo, ni volver a comer nachos, ni volver a ver los vídeos horteras que siempre nos ponían en la televisión de enfrente. Y allí, yo sólo con mis fajitas, caí. Caí sin remisión, y no pude dejar de llorar hasta bien entrada la madrugada.

Sé que estos días habrá otras caídas. Y otras. Y otras más. No importa. También sé que me volveré a levantar. Eso lo aprendí bien en el hospital; luchar por vivir es nuestra obligación para con los que ya no podrán nunca hacerlo.