Esto iba con viñeta pero se ha roto el scanner

Hoy ha sido el entierro de mi compañera. La verdad es que últimamente las entradas de este blog son una purita juerga.

Hacía un frío del carajo en Tres Cantos. Quince grados menos que anteayer y con un sirimiri que te calaba hasta los huesos. Como llevaba una camisetilla pedorra, todo el tiempo se me caían los mocos y me castañeteaban los dientes. Cuando ha terminado la ceremonia, se me ha acercado la Jefa de Personal y me ha hecho un frufrús de espalda diciendo «pobrecillo… has pasado un mal rato ¿verdad?». No he tenido valor para decirle que mis moqueos y mis movimientos de kleenex no habían sido pena, sino una simple congelación de culo. Por el contrario, he bajado la cabeza y he dicho «buf… sí…» y he quedado como un señor. Embustero, hipócrita, oportunista… pero señor.

Está sonando Somebody to love en el itunes. Me encanta esa canción. Me trae a la memoria a J. bailándola con cara de lebowsky, el primer día que nos conocimos. O el segundo. O… ¿el tercero?

Un día de estos voy a tener que organizar también los diarios presentes, si no quiero terminar mis días al estilo Rose Nylund. Si no me diera por documentar hasta los pedos… sería muuuucho más fácil.

No he logrado dormir bien hoy. Me despertó un pip-pip-pip a eso de las tres de la madrugada. Y después volvió a despertarme a eso de las cuatro. Y luego, una tercera vez a las cinco menos cuarto. A las cinco, ya había repasado mentalmente todo lo que podía pitar en mi casa de forma espontánea (o sea, el microondas y ya) y había empezado a mosquearme seriamente, ante una posible invasión alienígena o una bomba de neutrones a punto de estallar en la terraza (que es bien sabido que de noche, en calzoncillos y con legañas, todo es posible), así que sobre las cinco y diez, estaba yo recorriendo el pasillo agarrado a un bate de baseball, en busca de un pipipí perdido, que aparecía y desaparecía como por arte del demoño.

Afortunadamente, no me ha durado mucho la angustia. Lo justo para encender la luz y descubrir a Juana Tequila con su santo culazo descansando tranquilamente encima del cuadro de mandos de la bicicleta elíptica y programando las calorías y el cronómetro pip-pip-pip con la nalga izquierda, hasta el infinito y más allá.
Bueno… Mucho mejor una gata porculera que una invasión de alienígenas. Sobre todo porque de lo segundo no hubiera podido librarme con un simple lanzamiento de chancleta flicfloc y un mecagoentucalavera, claro.

De verdad que no entiendo a esta gata. Un pedo de mosca hace que brinque como una pulga, pero luego está sentada con todo su chochazo encima de un pitido chillón e irritante, y ni se inmuta. Es más… hasta descabeza un sueñecito.

El universo gatuno cada día me es un poco más insondable.