Ya no quedan hombres como los de antes

Estoy más tranquilo. Cinco dedos tienen la culpa. Puedo ser un animalito muy básico, si me pongo.

Hoy he ido a conducir con Miguel y con mi nuevo coche rojo que no parece mío. Le he quitado las alfombrillas con dibujitos de llamas y las he cambiado por unas negras corrientes. También he tirado los rosarios, el ambientador y las ranas de trapo, y le he puesto una calavera pirata en el trasero. Cuando he terminado, me parecía un poco más mío. Le falta alguna ralladura o bollo, pero considerando en qué manos cae, no parece que eso vaya a ser un problema en el futuro.

La idea era dar un par de vueltas por el aparcamiento del kinépolis, pero me he aburrido enseguida y he salido directamente a la calle. Miguel ha palidecido un poco al verme tomar la curva. Se ha abrochado el cinturón y ha puesto la mano sobre el freno de ídem. Me he divertido cantidad haciendo semáforos, cruces y rotondas. Creo que es porque soy un irresponsable. De hecho, he celebrado todos mis desaguisados con grititos de cowboy: “Yijiiii” “yeeeepa” “ajuuuuiiii”.
Al final, cuando ya entrábamos de nuevo en el aparcamiento, se me ha olvidado reducir a segunda y se me ha calado justo cuando cruzaba la vía del tren ligero. Una juerga, eso de arrancar un coche cuando estás enmedio de una vía de tren. Creo que han sido, con diferencia, los tres segundos más largos de la vida de Miguel. Sobre todo porque con los nervios, al arrancar se me ha calado otra vez y he vuelto a quedarme en el mismo sitio. Aún así, ha sido un perfecto copiloto, manteniendo la calma y recordándome que para avanzar iba a ser mejor que quitara el freno de mano.

Ahí no he hecho yiji, yepa ni ajui. Sólo un ruidito ahogado, tipo glglglglglg…

Miguel dice que ya no viene más a conducir conmigo. Que prefiere eso de seguir teniendo futuro por delante.