Arriba y Abajo

Miguel se ha comprado unas zapatillas nike para correr, de 100 euros. Cien euros. Cien. Se supone que deberían correr solas, pero no. Corren con tus pies como las demás zapatillas del mundo mundial, sólo que estas tienen nosequé cosa flotante a lo largo de toda la suela que hace como que corrieras en la luna (o algo así).
Me las he probado mientras le traían su número, e incluso he dado un par de saltitos, pero yo me he seguido sintiendo como en el suelo de toda la vida, así que creo que debo ser inmune a lo de la luna y el flotante.

Mientras me las desabrochaba, un promotor de nike ha debido pensar que el chalado de los cien euros era yo, y se ha puesto a ofrecerme un microchip, que insertado en la zapatilla y sincronizado con el ipod, medía la distancia, el tiempo y la velocidad de todo lo que yo corriera, saltara o brincara. Luego me ha dado una dirección web donde los usuarios de zapatillas flotantes de todo el mundo, ponían las marcas registradas por su microchip y competían entre ellos. Hombres contra mujeres, veteranos contra novatos, Berruguete contra Pinto…

Me ha dado muy mal rollito imaginarme en unas zapatillas que me vigilan.

Jesús leyó mi post del viernes. Lo sé por la despedida que me ha dedicado esta tarde. Una despedida para decir de todo, menos adiós. O para no perder el tiempo en decir nada y dedicarse a los hechos. Me ha faltado el pelo de un calvo para mandar la clase a tomar viento y quedarme a pasar las siguientes 345 noches en ese pasillo.

Per se, ya era bastante difícil lo de sacarme las asignaturas sin su lengua de por medio. Ahora es casi una gymkana. Si tuviera un microchip zapatillero que midiera mis pulsaciones cuando salgo de esa casa, ya se habría achicharrado hace mucho, muuuucho tiempo.