La cotidianidad de algunos dolores

Debería estar en clase, pero juegan varias cosas en contra. Esta a punto de llover… me duele el pecho… tengo el estómago revuelto… ando un poco triste… estoy hasta la polla de ver banderas… Con todo eso, he llegado a la facu y he dado media vuelta hacia mi casa. Mañana sudaré sangre, pero en estos momentos me regalo vacaciones de miércoles.

Lo de este país con el fútbol es casi surrealista. Me ha dado cantidad de pena, ver tanto quijote vestido de amarillo y rojo arrastrar los pies con cara de paisaje, después de que Suiza nos enchufara un gol. Con esas caritas que se les ha quedado a todos de los reyes son los padres, y esa tristeza en las banderitas. Pobricos. Con la ilu que llevaban todo el día. Somos más mediterráneos que una oliva con anchoa.

Todo el día con dolor en el pecho y bajito de ánimo porque tengo que estar una semana más con el vendaje. No me hubiera importado hoy un poco de mimo y un poco de pobrecito-ariel-pobrecito, pero a veces, por mucho que busques las cosas, no se ponen en ese momento para ti. Así que esto de fumarme las clases y tumbarme en la cama a ver capítulos de Fraiser, chupeteando toblerone, es mi particular autopobrecito-ariel-pobrecito. Y aunque podría estar mejor, también podría estar mucho peor, así que… automimo con unas pequeñas dosis de ajo y agua.

Cuando volvía en el autobús, he recordado el último regalo de navidad que crucé con Teo y se me han saltado las lágrimas. Creo que quizá no sea la lluvia, ni el dolorcillo del pecho, ni las banderas. Creo que simplemente, tengo el día tonto.

Si al menos viniera el verano de una vez…