Minihomenaje

Llamo a J. todos los días desde el trabajo. Y por increíble que parezca, después de cinco años haciendo lo mismo, no ha habido ni una sola vez que no tuviéramos algo nuevo qué decirnos. Creo que es porque soy un coñazo. Si dedicara un 10% del tiempo que pierdo hablando a escarbar, a estas alturas ya habría asomado el cogote por Australia.

Hoy le he llamado para decirle que ando triste y tonto, pensando en Teo. Que después de aguantar enfermedad, tanatorio y entierro como un campeón, de pronto me encuentro llorando a ratos sin venir a cuento, y deprimiéndome como un gilipollas pensando que el año pasado fue su última navidad, su último verano, su último cumpleaños, y nisiquiera supe verlo ni aprovecharlo como hubiera sido lo apropiado.

J. ha dicho “Bueno Ariel, pero en realidad siempre es la última vez de todo, hasta que llega la siguiente”, y yo me he quedado con cara de tomate en conserva. Le he preguntado de dónde había sacado la cita y me ha dicho que se le acababa de ocurrir. Siempre me pasa igual con él. Me suelta máximas taoístas como puños que me atraviesan y me consuelan en un nanosegundo, y lo hace con la naturalidad de quien se asoma a la ventana y dice que llueve. Y cuando le intento hacer ver que eso es filosofía con mayúsculas, se encoge de hombros y dice “bah…si lo mismo lo he sacado de una peli de cantinflas…”

Esos son los momentos en los que recuerdo perfectamente por qué me enamoré de él.